Doce años de poesía de Marta Sanz frente al heteropatriarcado

Doce años de poesía de Marta Sanz frente al heteropatriarcado

La escritora Marta Sanz. Foto: Ana Martín Zurdo.

Si leer la poesía de Marta Sanz de forma individual resultó un aprendizaje extremo, asomarse ahora a ‘Corpórea. Poesía 2010- 2022’ es, sin duda, acceder a un paisaje que arrastra al lector hasta la reflexión total. Los nueve poemarios que forman este volumen hacen pasar al lector por nueve estados emocionales muy concretos y perfectamente ordenados. ‘Corpórea’ es un viaje desde la brutalidad a la sofisticación, de la realidad a la ficción encubierta por ese cíclope maravilloso que es siempre la memoria.

Corpórea es un nido de secretos contados a voces que alimenta la conciencia de quien lee de una manera fervorosa. En Corpórea la autora es mujer, es niña, es amante, es compañera, es individuo perseguido por el deseo de otros e individuo que persigue su propio deseo. Es un libro venturosamente antologado por La Bella Varsovia que no debería faltar en ninguna biblioteca, ya sea pública o privada, porque la vida que ofrece su cuerpo es la vida de todos los que alguna vez hemos vivido. La conciencia de lo perdido frente a la lucha por nombrarlo como es debido. Corpórea es un libro que demuestra que quien sabe nombrar lo que se pierde sabe habitar y construir el porvenir:

“Anoche soñé que había vuelto a Manderley / y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine / que era una perra, una perra mentirosa”.

Nadie puede volver a acariciar lo perdido, y eso lo sabe, y lo cuenta con una maestría estremecedora en cada uno de sus libros la autora madrileña.

Corpórea contiene también el eco de un concienzudo grupúsculo de cánticos generacionales que se avivan a media que se avanza en la lectura. Versos como estos que acoge el poemario Perra enamorada y que se encuentran al comienzo de esta vehemente narración vital lo ponen de manifiesto:

“Si mi vida interior no existe, /cada vez que se la cuento al enemigo, / estoy fuera de mí, / hablando de vosotros”.

Sanz disfruta en la persecución de la palabra que nombra la verdad y deslumbra la travesía poética que la delimita, aunque su poesía esté siempre fuera de todo límite. Es un espectáculo asistir a la rendición de las palabras dentro de la boca y de la memoria de la poeta, después de librar contra ellas la siempre cruenta batalla de la exactitud.

El paso del tiempo y el combate que extermina la justificación que de él se hace, atraviesa, como la espada de Excalibur atravesó la roca, esta antología tan encendida y tan incendiaria:

“Mi regazo también son los pechos que se caen y los pliegues

/ del vientre”.

Un potente simbolismo político y vital marca con firmeza cada confesión acogida y cantada en esta biblia que ningún dios se atrevió jamás ni siquiera a susurrarle sus discípulos:

“En mi sueño político / friego / con un potente y destructor / producto antigrasa /el frente mugriento de una cocina. /Sale el blanco / bajo el amarillo / y yo / comparto la casa / con un feroz, / pasado y criminal / presidente del gobierno”.

Y un uso de la imperfección como profundo choque transgeneracional que libere de límites sociales, de lo inducido, de la inercia pútrida y congénita que maximizan sin pudor los poderes también se apodera del inequívoco y pluscuamperfecto organigrama que da forma a este libro. Pero también como salida de emergencia, como material de construcción de la infalibilidad más absoluta. Sanz cuando escribe prepara el mundo para que sepa mostrar esa hecatombe privativa que supone su existencia:

“No quiero la palabra precisa. / Es pobre y pequeña. / La estalactita rota. / La saliva que se le escapa, por la comisura, / a la bella que duerme en el bosque. / No quiero la palabra precisa / sino / un laberinto / una palabra / que ni yo misma entienda / y solo pueda poseer / cuando los otros, / los de buena voluntad, / me la traduzcan”.

Corpórea da lugar y hogar a versos que tatúan hasta dejar en carne viva la mirada del lector. Versos en los que la memoria de lo corpóreo destruye la vida, lo que se creía inmutable. La madre primero incombustible albergue y más tarde cuerpo herido cuyas manos nos desahuciarán del territorio de la alegría:

“Arriba, mi madre, en la piscina, / lleva un drenaje en el cuello”.

Versos en los que el autoconocimiento corporal hace que de golpe se extienda ese mapa que deja en evidencia que el mapa de la vida es además el mapa de nuestra muerte:

“En el pecho, alrededor de la areola, / mi lunar degenera, crece, muta / en un pequeño monstruo”.

Pero que no invalidan la autonomía que tiene el futuro en cada vida:

“Siempre nos quedará Manderley / y las almas de los santos / como manchas blancas / sobre sus cabezas muertas”.

Marta Sanz huye de la idealización de las palabras y va a por todas aunque eso suponga llenarse la boca de inapropiados vocablos, por eso Corpórea es un juicio, sin prejuicios, cruel administrado por palabras duras, de imágenes explícitas que le pertenecen al miedo, pero también a la resistencia:

“Al final todo trata / de la orina que perfuma el amarillo de tu pelo tan rubio / y del orificio que, imprevisiblemente, / a la hora de la siesta, / se pone a latir, /se ensancha / y deslizándose / busca, / arriba y abajo, / desde el pelo del pubis al agujero del culo, / su tierno pistilo”.

Sanz pone de manifiesto el uso de la poesía como arma expansiva, como arma de largo alcance, como una reflexión electrizante de amplio espectro. Desde la observación da paso a las zonas más negras de la cotidianidad y, al hacerlo a través de la férrea prestancia de sus versos, se radicaliza cualquier posibilidad de caer en las falacias con que pretenden asfixiarnos algunos tiránicos tiempos verbales.

Su lengua, áspera como lengua de león, y su lenguaje son tan duros que parecen no pertenecerle a un ser humano, sino a una niña profeta que arde en una plaza pública para salvar al resto:

“Siempre en el confesionario, / un solo pecado. / Digo mentiras. / No mato, no robo, aún no fornico. / No deseo a la mujer del prójimo. / Qué me importa a mí ese mandamiento. / No voy a hacer la primera comunión. / Voy al confesionario solo por el gusto, / por el pequeño placer de contar una historia. / Huelo a incienso y levito”.

Hay mucho misticismo entre las páginas de Corpórea. En ellas Sanz se muestra y se demuestra como la eremita que nace para contradecir a la prudencia. Como la mística que convierte sus rezos en una jauría de verdades que presumen de la carne que cada bocado deja entre sus dientes. Sanz habla sin disimulos, Sanz concreta el significado de cada cosa con el acierto de quien no teme fallar.

Brutal es el testimonio que deja como mujer siempre en peligro de serlo. Brutales son sin duda esos imponentes atajos estéticos que valida en cada poema hasta transformarlos en una gran extensión de tierra emocionada:

“Hay hombres en mi vida / que no son mi marido ni mi padre. / Que no son mis amantes ni mis novios. / Que están ahí y me hacen temblar cuando se acercan.”

Incontrolable y puro es el humor que distribuye Marta Sanz entre los versos de este libro, la manera en que ceba de cinismo los pecados del heteropatriarcado para que se vuelvan fluorescentes, para convertirlos en carteles de neón que pierden el poder sobre la eternidad de sus luces:

“Los hombres de mi vida / ni son calvos / ni llevan dos pelucas. / No los conozco”.

Invencible es esa manera en que toma conciencia de que la normalidad machista arrasa con cualquier  existencia:

“Hubo una vez / un hombre con gafas de sol / que me escribía cartas y postales. / Ahora sé / que si le hubiese devuelto / las palabras que / él presentía, / hoy / yo tendría un tiznajo en la frente, / un hijo / y, casi con toda seguridad, / estaría muerta”.

Sanz tiene siempre la próspera valentía de escribirlo TODO sin miramientos, sin ese afán malsano de prevenir la llaga que hace útil a la palabra en determinadas circunstancias.

Sanz sabe formular preguntas que no necesitan respuestas para existir, para formar el animal político que todos debemos ser:

“Lo más divertido es… / ¿lo que más duele / o lo que más daña?”

Sanz hace que en este libro de entrañas convulsas lata la intimidad de toda una generación. Y explicita los miedos que lastran al niño que a la fuerza tiene que ser tarde o temprano adulto. Habla de los latidos patriarcales de los cuentos, del pluscuamperfecto sadismo que hay en ellos. Se decanta por la concreción de cada pensamiento, no hay adornos en el canto infinito que alienta su poesía, una poesía fraguada desde la sencillez, desde lo reconocible y, a pesar de ello, anclada en la mejor liberación a la que se pueda aspirar.

Alguno de los poemas de Vintages incurren en una poderosa sofisticación, pero se aligeran al cubrirlos con una pátina casi de juego infantil, sobre el dolor diario de una mujer adulta.

La poesía de Sanz crece con los excesos a los que siempre necesita enfrentarse, a los excesos que conoce y le transmite al mundo para en la identificación saludarnos. Su sincronía con el paso del tiempo, con esa velocidad de la edad adulta que pretende robarnos todo es estremecedora. Sanz es astuta y, por tanto, dueña de una insobornable mirada periférica, de una detallada y detallista suspicacia que le confiesa cuando escribe que solo ha de fiarse de lo que sus ojos le ofrecen:

“He perdido la capacidad / para percibir lo viejo. / Juego a la rayuela / en medio de la calle. / Soy un obsceno animal / al borde / de la muerte”.

“Somos dos niñas / y mamá está enferma”.

Anexiona realidad e imaginación para promocionar lo que nos maniata y al hacerlo aniquila con soltura cualquier atisbo de victimismo:

“Tenemos / ya más / de cuarenta años / y podríamos / decir / una vulgaridad / portentosa: / aún ignoramos / quién / nos espera / al fondo del espejo”.

Corpórea es una espiral luminosa donde la oscuridad no estorba ni corrompe la alegría y el júbilo de lo que nos hace débiles. Es una celebración de los errores, pero también de los triunfos y de las contradicciones de la autora. A Sanz no le incomoda ningún tiempo verbal, todos son interlocutores que se entregan a ciegas a sus reflexiones, a sus guerras sentimentales y políticas, y a su paz perfectamente adiestrada.

A Sanz no le vale solo la imagen que deslumbra, busca su explicación sin dar explicaciones. Cada poema es un mundo cerrado que estalla en submundos libertadores:

“También la memoria está llena de heridas”.

“El agua / cuando nos rodea, / tiene / la misma temperatura / que la bolsa / de la muerte”.

Tiene acceso a la más profunda de las frivolidades, es pariente directa de Carson, de Glück. Hay dolor y daño en la frivolidad utilizada, una sombra que toca nuestra carne hasta despedazarla:

“La memoria / es también / algunas veces / la necesidad de perderla”.

“Morirse guapo”.

Conmueve sobremanera el poema de la página 193 en el que Marta habla de aquellos niños que tenían acceso a los juguetes, pero después no tenían el derecho a jugar con ellos porque los juguetes regalados a los hijos eran los trofeos de sus padres, de su promoción social.

Sanz aborda la madurez como un juego chispeante, como el reto a través del que puede dejar escapar a la niña que fue sin aceptar del todo la voluntad de la carne que cambia de altura y de volúmenes:

“La aventura se ahoga / debajo del colchón. / Déjala que se muera / no la despiertes”.

En Ruinas homenaje perfectamente modernas, de 2021, nos encontramos ante un texto exacerbado y escrito desde una inquisitiva perspectiva que lo aleja en el fondo de todo lo leído con anterioridad a esa parte. Una parte incrédula ante las necesidades de la Historia que conecta de manera increíble con monjitas, último y doliente poemario de libro. Un testamento que saca a la luz los parámetros de una realidad oculta que respira como si le perteneciese a la superficie. Un réquiem escrito por una mujer superdotada. Monjitas es una de las partes del libro que más impresiona. Su cuerpo compacto es una mole educada de manera exquisita por Marta Sanz para tumbar el mundo:

“Cicatriz. / Imagen de los muertos sobre la pista del palacio de hielo; un ser humano que muere a solas con su respirador”.

Es muy importante leer a Marta Sanz, sumergirse en Corpórea. Qué grandeza tienen sus versos, qué poder sus imágenes. Todas nos afectan, todas nos liberan. Rearman la memoria y la rearman para ganar una guerra en la que las balas son solo una invención que ni a ella ni a quien lee incumben. Corpórea es un libro cuajado de esas conquistas totalitarias que solo puede lograr la imaginación de esta colosal escritora.

Corpórea es el llanto que cae sobre la roca helada hasta hacerla amar el poder de la erosión. Imprescindible.

‘Corpórea. Poesía 2010-2022’. Marta Sanz. La Bella Varsovia. 410 páginas.

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