‘Donde termina el verano’: los abusos de las fronteras
La escritora Elma Correa, autora del ‘Donde termina el verano’. Foto: Trilobitx / CC:
Cuando una novela viene avalada por un premio, el cuerpo se me llena de dudas. Perdonen la ‘boutade’, pero así es. La experiencia y la decepción de encontrarme tantas veces con novelas premiadas que parecen redacciones de colegio me han dado demasiadas veces la razón. Sin embargo, hay una novela que ha acabado con las dudas, el escepticismo y mi animadversión a la publicidad cansina y sospechosa. ‘Donde termina el verano’, de la mexicana Elma Correa, ha roto el maleficio con su clarísima calidad. Confieso que entró en mis planes cuando Laura Barrachina, periodista a la que admiro y respeto, habló con emoción de ella. Y sí, ha sido la revelación que Laura prometía. Nos vamos a la cruel frontera entre México y Estados Unidos. Sonia Fides comienza su sección ‘Champán y Cocodrilos’ de verano con ‘Donde termina el verano’.
Elma Correa ha escrito una historia en la que la esperanza anula la violencia de una manera magistral, con un original reparto de personajes que van desde la ensoñación a la más pragmática forma de sobrevivir.
Donde termina el verano es una novela jugosa, brillante, veloz, generosa, limpia y exacta, con todo lo que eso conlleva y ofrece. Una novela en la que la lealtad salva vidas y organiza porvenires.
Rosario, Elisa, Aimé, Aurel, Misael comparecen con firmeza frente a antagonismos, deslealtades, abusos de todo tipo y frente a la violencia que se levanta alrededor de determinados países, de determinados seres humanos. Pero Correa no los utiliza como símbolos ni como portavoces de una tesis.
Correa despliega con exquisita perfección los movimientos del abuso. No aboga por los excesos narrativos para ponerlos de relieve. Es áspera narrando, pero no impone sentencias cuando sus personajes hablan. Su denuncia cala porque nace de la naturalidad extrema.
“Los blancos que rondaban por allí eran jubilados, viejos sucios, alcohólicos, drogadictos, adictos al juego. Blancos que cruzaban a gastar sus dólares en mujeres o en algo más turbio”.
“–Nuestro trabajo no es evitar los secuestros de los niños ni encontrar a los responsables. Nuestro trabajo es evitar que los niños secuestrados ingresen en territorio estadounidense.
–Dos personas… Tres personas no pueden resolver los problemas de un país”.
No le niega a ninguna de sus páginas la escalofriante realidad en la que viven de manera habitual las mujeres. Hay párrafos que contienen verdades que parten en dos la pupila de quien lee. No porque le sean ajenas, sino porque Correa se sitúa frente a ella desde la serenidad más absoluta. Jamás flaquea, no hay subterfugios, solo caminos amplios y transparentes por los que deambula el flujo de sus pertinentes denuncias.
“La embarazada era una joven, primeriza, que dijo no sentir nada dentro de la panza. Su esposo le había prohibido ir al ginecólogo porque esos viejos sucios solo querían saciarse con las mujeres guapas”.
Es hermosísima la hilatura que maneja la autora. La coherencia pausada y elaboradísima con que afianza cada ramificación de la violencia. Hay mucho más que sororidad en esta novela, hay una denuncia que palpita con delicadeza pese a que todo es nombrado, pese a los gritos que llenan de escalofríos cada página.
Correa es muy férrea en el cuidado con que busca cada acción y reflexión. Se percibe que no desea caer en el exceso, en la evidencia.
Hay un orden perfecto bajo la excelencia narrativa.
Como lectora y crítica, desearía que este fuese un texto con tintes biográficos, tanto que adivino a Rosario tras la piel de la autora. Es una mentira que la deslumbrante verdad del texto fabrica en el deseo de quien está cansada de las autobiografías insustanciales que copan el mercado.
Disculpen la digresión, pero un crítico es un niño aventurero que no cesa de buscar el paraíso.
Correa sabe encontrar la luz, huye de la generalidad y relata los claroscuros sin dejarse polarizar por la inercia narrativa.
Y ha sabido retratar como nadie lo que yo llamo “expropiadoras de la violencia” a través de esas enfermeras visitantes que actúan como fantasmas buenos, como veletas que contradicen la potestad del aire.
Donde acaba el verano es una novela hermosa que desovilla con primor y sin estertores estereotipados todas las caras de la violencia contra las mujeres, pero también entre las propias mujeres. Un texto que habla de la toxicidad cotidiana entre seres que dicen quererse y también sobre la redención que procura siempre la lealtad. Para mí la más hermosa forma de amor.
Correa es un animal de movimientos firmes que ha construido una guarida de belleza transparente en la que los secretos se mueven con la sincronizada delicadeza de las bailarinas atrapadas en su caja de música.
Un gran libro.
‘Donde termina el verano’. Elma Correa. Premio Biblioteca Breve 2026. Seix Barral. 302 páginas.




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