El dragón-volcán que nos hace valorar y respetar más el territorio canario

El dragón-volcán que nos hace valorar y respetar más el territorio canario

Erupción del volcán desde El Paso, en La Palma. Foto tomada a unos 3 kilómetros del volcán este lunes por Enrique Diego.

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Una erupción volcánica es la forma en que las fuerzas más primitivas de la naturaleza se manifiestan. Como si despertaran dragones. Entre la versatilidad cognitiva con que el ser humano puede vivir fenómenos naturales o erupciones volcánicas como la de La Palma, hemos pasado de sacralizar el territorio a banalizarlo. Y ni un extremo ni el otro… A excepción de para los damnificados y los científicos, hoy en día una erupción volcánica lo que despierta en la mayoría es algo hipnótico, atávico como el fuego, pero desvinculado de nuestras vidas, carente de mayor trascendencia o misterio, bien etiquetado bajo esas categorías con las que disecamos el mundo en un conjunto de materia inerte a nuestra disposición. Pero por encima de tópicos y de las urgencias del interés mediático, estos dragones deben hacernos valorar aun más lo singular del territorio canario.

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Vivimos tan alienados y aislados de la naturaleza que la interpretación predominante actual es un extremo opuesto a lo sagrado, una ficción que relega el paisaje a un vestigio obsoleto del pasado y es incapaz de percibirlo en toda su amplitud y vigencia, como la dimensión real de un volcán en erupción. «Al ver botellón en el Teide me pregunto qué hemos hecho mal», lamentaba el año pasado el divulgador ambiental Jaime Coello en esta entrevista, muy crítica con la inconsciencia social ante el valor del patrimonio canario. No se trata de adorarlo, pero sí de cohibirnos más ante su paisaje, cuyo aparente reposo menosprecia nuestra cultura del espectáculo. La naturaleza aún dormida nos sostiene con los ojos cerrados, a pleno rendimiento en corrientes oceánicas, atmosféricas y subterráneas, y en esa gran interrelación que sostiene la vida entre bastidores es donde la conciencia ambiental se ensancha y despierta al mundo real.

Hemos pasado de sacralizar el territorio a banalizarlo, cuando quizá la mejor forma de comprenderlo sea respetarlo mucho más, admirando con todo el rigor científico, pero también con toda la humildad de nuestra insignificancia, todo el misterio de nuestra ignorancia y toda la empatía de nuestro instinto, el origen y las consecuencias de un volcán para la biodiversidad que lo rodea, para el futuro de la isla y de su ecosistema, y para tomar más en serio el patrimonio canario, su estilo de vida y su cultura, reducida siempre por intereses y tópicos turísticos. Fijando la atención más allá de lo espectacular, en el fenómeno biológico que trasciende al paisaje: «La vida es una fuerza geológica», dijo el geoquímico Vladimir Vernadsky, padre de la noosfera, la idea de una conciencia global, de la que hoy estamos tan cerca, como nos recordaba hace solo unos meses en esta entrevista el biólogo canario Antonio Machado.

Los científicos nos dicen que una erupción volcánica es la forma en que las fuerzas más primitivas de la naturaleza se manifiestan. Una lengua antigua, puede que la más vieja del universo, que resucitan los volcanes como si resucitaran los dragones del mundo arcaico que forjaron nuestro planeta, y por cuya boca asoman llamaradas como ecos del Big Bang en el que todo lo que hoy nos rodea empezó a fraguarse y expandirse, desde el mar a las nubes, los montes o nosotros mismos, fruto de la misma onda expansiva. En esa lengua despiertan incógnitas silenciadas bajo el asfalto de la civilización, misterios que nos recuerdan nuestra ignorancia y el modesto lugar que ocupamos entre las estrellas, silenciadas también por la contaminación lumínica, y que precisamente esta isla se consagró a salvaguardar en la Declaración de La Palma y la Ley del Cielo, haciendo de ella una intérprete y centinela de la naturaleza en los límites del mundo conocido, desde las profundidades de la tierra a las del espacio, región en sombras que es la madre de la exploración y la curiosidad y que ya hace más de un siglo fundó en la isla una sociedad científica llamada La Cosmológica. Más allá de sitios como este, al borde del Viejo Mundo, el miedo y la ignorancia pintaban los mapas antiguos con monstruos y abismos, y por mucho que hoy nuestra cultura asfalte el vasto abismo que ignora, el misterio sigue ahí y no nos vendría mal reconocerlo sustituyendo aquel temor de Dios por curiosidad y respeto, valores que alumbran la cultura y podrían pintarse en los mapas actuales con observatorios y faros como vigías o custodios de los viejos dragones.

Asistimos al nacimiento de un volcán como de una criatura mitológica que tras semanas desatada rebasa ya los plazos habituales del interés mediático y sigue rugiendo como pidiendo silencio para dejarle hablar. Saliendo a duras penas de una pandemia, en un contexto de crisis climática y revisión de nuestro paradigma de progreso, la amplitud con que interpretemos fenómenos naturales, como el parte meteorológico, determinará la forma en que respetaremos los ecosistemas que nos rodean. Porque cuando el volcán deje de dar fuego y juego, la atención se irá a otra parte, justo cuando empiece el proceso de recuperación social y ambiental, y cuando la fuerza telúrica que ha descarnado la tierra haciendo llegar la lava al mar como la sangre al río debiera cristalizar en un mayor culto al patrimonio extremo de las islas.

Lo que siempre hemos sentido ante la magia o los dioses se traduce cognitivamente por la misma fascinación que produce la realidad cuando en vez de cosificarla percibimos su valor interrelacionado y la trascendencia de todos esos fenómenos y elementos que nos forman y nos unen a ella, que pueden metamorfosearse, rigen nuestro destino y son inmortales, como el agua. Muchos recuerdan estos días a Humboldt, quien emprendió su viaje a América tras coronar el Teide, y quien ascendiendo a la cima de otro volcán, como Zaratustra a la cima de un monte, tuvo su revelación sobre la interrelación de la naturaleza, precursora de Gaia.

Si incluso en la Era digital los humanos estamos a merced de un virus es porque somos una extensión de ella, aunque nuestra cultura asfalte esos lazos en vez de significarlos. Y porque, lejos de dominarla, nos hemos venido arriba donde nos ha dejado, en un breve periodo de relativa bonanza. Así que más reconocer a quienes viven en las fronteras, donde la realidad sigue llamando imperiosamente a las puertas, donde esos lazos son ley y donde, con todos los riesgos y valores que ello entraña, todavía pueden decir, como en los mapas antiguos, Hic sunt dracones: Aquí hay dragones.


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