El bosque, musa para los artistas y metáfora de la vida

El bosque, musa para los artistas y metáfora de la vida

El director de escena alemán Claus Guth situó la trama de ‘Don Giovanni’ de Mozart en un bosque giratorio. Foto: Javier del Real.

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En la sección ‘Bosques para Siempre’, nos detenemos hoy en el bosque como musa, como fuente de inspiración de artistas en obras tan inmortales como ‘La Divina Comedia’ de Dante y el ‘Macbeth’ de William Shakespeare. Desde ‘El bosque animado’ de Wenceslao Fernández Flórez a ‘El amante de Lady Chatterley’ de D. H. Lawrence. Os proponemos un viaje a lo más profundo de los bosques.

Los bosques pueden ser como las personas. Al menos es un hecho que, como los humanos, poseen carácter. Existen bosques protectores, amenazantes, estafadores, parlanchines… Hasta los hay que un buen día deciden irse de paseo. Nunca un lugar poblado de árboles y matas tuvo tanta personalidad. Al menos así lo han creído –y lo creen– artistas de todo el mundo y las más variadas disciplinas. Un bosque, además de temperamento y estilo, siempre da mucho juego para las metáforas profundas.

En los cuentos infantiles, por ejemplo, los bosques casi siempre se identifican con el mundo prohibido. Son lugares a los que Caperucita o Hansel y Gretel no tienen más remedio que entrar, pero en los que acechan peligros y misterios. Alguna literatura infantil siempre ha adolecido de identificar lo desconocido con lo malo o peligroso, sin dar una mínima oportunidad a la salvación, lo sanador o, por qué no, el placer sin más. Hay lobos bien majetes y guardabosques con los que es mejor no ir ni a la esquina.

Pero paseemos por otras selvas menos infantiles y más sorprendentes. Sin voluntad de exhaustividad enciclopédica, sino con la intención de, tal vez, descubrir al lector alguna mirada interesante.

Uno de mis bosques favoritos no es en realidad un bosque de árboles. Es la réplica de un bosque imaginario formado por hombres unidos contra la tiranía de un rey enloquecido y sanguinario. Se trata de El Bosque de Birnam en la magnífica obra de teatro Macbeth, de William Shakespeare. Tres brujas le profetizan al influenciable Macbeth que llegará a ser rey de Escocia, que no podrá ser dañado por ningún hombre “nacido de mujer” y que no podrá ser derrotado hasta que “el bosque de Birnam avance hacia él”. En principio, dos predicciones estas últimas casi de imposible cumplimiento, aunque ya sabemos que Shakespeare era un lince para los giros dramáticos y Macbeth está lleno de ellos.

El Bosque de Oma de Agustín Ibarrola.

El sanguinario Macbeth empuja a los escoceses a exiliarse para escapar de la violencia y Malcolm, el verdadero heredero al trono, llama a la población a aliarse contra el tirano y les aconseja que tomen ramas de los árboles para emboscarse y asediar su morada. Así, disfrazados de bosque y avanzando hacia el castillo donde se refugian Macbeth y su mujer, logran derrocar al déspota.

En los tiempos que corren de destrozo y furia resulta maravillosa la imagen simbólica de un bosque en movimiento capaz de salvar a un pueblo, un bosque con el poder de liberar a la humanidad de un sufrimiento injusto. Aunque tal vez ahora no sea suficiente utilizar al bosque como camuflaje, sino transformarnos, del todo, en el propio bosque.

En su versión original, la película de M. Night Shyamalan se tituló The village, (el pueblo). Pero en España se tradujo (acertadamente bajo mi punto de vista y sin que sirva de precedente) por El bosque. En esta ocasión, el bosque adquiría una triple dimensión según avanzaban los acontecimientos y se iban desvelando esos agujeros de guión tan marca de la casa en las películas del director de El sexto sentido. Primero se cierne como una amenaza; más tarde, se convertirá en una frontera, en un muro; y finalmente descubriremos que ha sido utilizado como el elemento catalizador de un engaño cruel y sectario. Si no la han visto, déjense deleitar por ese personaje sin una sola línea de texto, pero que define el universo completo de toda una comunidad.

En España, uno de los bosques más interesantes que hemos visto recientemente sobre un escenario ha sido en el Teatro Real. Fue en la puesta en escena de la ópera Don Giovanni, de Mozart, que firmaba el director de escena Claus Guth. El dramaturgo alemán sustituía los palacios, jardines y calles de Sevilla por un bosque giratorio en el que hacía transcurrir la acción en tiempo real. Don Juan, herido de muerte en la primera escena, deambula por el bosque hasta su muerte. “Al situar los personajes en un bosque, creo que está justificado que abandonen cualquier regla moral de comportamiento. Pueden evolucionar dejando de lado los convencionalismos. En el bosque, de noche, creo que todos actuamos sin que trabaje el subconsciente. Creo que allí nuestros mecanismos de pensamiento habituales no funcionan realmente”, decía entonces el director.

En el diccionario de símbolos del filósofo y escritor Federico González Frías se dice: “El simbolismo del bosque es análogo al de la selva y se refiere a un estado del alma correspondiente a los de esos elementos geográficos que se caracterizan por su impenetrabilidad, adustez y donde es fácil perderse, tal el alma en el variado peregrinar de la existencia. Lo intrincado de las formas de árboles, plantas, hojas y ramas constituye una red en la que el hombre puede sentirse atrapado, sin encontrar una salida a los miedos y angustias producidos por estar desamparado dentro de bosques o selvas sin solucionar sus más elementales problemáticas”.

No es extraño así que muchos héroes, antihéroes y heroínas creados por la imaginación del ser humano hayan de atravesar bosques como metáfora inequívoca de su evolución.

Desde el Siegfried de Wagner hasta El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez, los bosques han servido para el crecimiento personal de innumerables personajes. El bosque de Sherwood era la guarida y refugio de Robin Hood. El bosque de El proyecto de la bruja de Blair sirvió a sus habitantes para indagar en lo más profundo de sus temores, mientras que aquel que guardaba El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, servía para romper la conciencia de clase y dar rienda suelta al instinto más libre que se pueda imaginar.

Una escena del Acto IV del ‘Macbeth’ de Verdi. Fotografía de Ken Howard/Metropolitan Opera

“No obstante, tanto en los bosques como en las selvas existen abras y claros donde poder reposar momentáneamente y ver la inmensa majestad del cielo. En muchas sociedades estos espacios son tomados como lugares de culto, tal cual lo hacían las mujeres que en la Edad Media y en la época de la Inquisición la religión denominaba brujas. Incluso en ellos se han erigido templos. Salir de estos accidentes es análogo a partir del laberinto y encontrar el camino de vuelta a nuestra mansión de la que no hemos salido nada más que de modo aparente”, continúa la definición de González Frías.

Es cierto. Muchas veces los bosques van acompañados de apariciones, animales fantásticos o habitantes legendarios como gnomos o elfos, las ondinas en los lagos y las ánimas vagabundas entre la espesura. Un ejemplo perfecto del efecto alucinógeno del bosque lo encontramos, sin duda, en la Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. El bosque real se torna en un personaje onírico capaz de todas las locuras y enseñanzas. La ondina de Rusalka en la ópera de Antonín Dvořák abandona el bosque en busca del amor y una nueva vida y hechizada tal vez por la Luna termina por aprender que el hombre es malo para el hombre.

Uno de los artistas plásticos que han estado más de actualidad en los últimos meses es Agustín Ibarrola. La galería José de la Mano de Madrid logró vender en ARCO su versión del Gernika que había estado perdida y abandonada. Pero, sin duda, una de las obras por las que será siempre conocido el artista vasco es por su mágico Bosque de Oma, una intervención artística y paisajística en el bosque que ha terminado por convertirse en algo casi chamánico y que ha trascendido lo contemporáneo para acercarse sin ninguna duda a lo ancestral. A lo ecológico. A ese tan necesario mensaje de alerta.

El escritor americano Henri David Thoreau vivió durante dos años, dos meses y dos días en una cabaña ubicada en un bosque propiedad de su amigo Ralph Waldo Emerson. Relató esta experiencia en un texto de no ficción titulado, Walden, la vida en los bosques. Un canto a la comprensión de los recursos de la naturaleza, sus reglas, sus recompensas, como un camino que el ser humano no debe olvidar.

Y La Divina Comedia de Dante comienza así:

“En medio del camino de nuestra vida
me encontré en un obscuro bosque,
ya que la vía recta estaba perdida.
¡Ah qué decir, cuán difícil era y es
este bosque salvaje, áspero y fuerte,
que en el pensamiento renueva el miedo
Tan amargo, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto”.

Así que si el mar es el principio de todas las cosas, el bosque es el final. Son las dos caras de la misma moneda. ¡Ay de aquel que no tenga dentro de su alma tanto un mar como un bosque para refugiarse y crecer. Para vivir y para morir en paz!.


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