Incendios forestales y cambio climático: cómo se alimentan mutuamente

Incendios forestales y cambio climático: cómo se alimentan mutuamente

Incendio en la Amazonía. Foto: Michael Dantas / WWF-Brasil.

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Los expertos ya los denominan “incendios de sexta generación”.  Siniestros claramente vinculados al cambio climático que se producen en condiciones meteorológicas muy adversas y que liberan tal cantidad de energía que impactan en la meteorología. Siniestros y cambio climático se retroalimentan creando un grave círculo vicioso. Atención a este dato: en la actualidad, las emisiones brutas de carbono debidas a los incendios forestales equivalen al 25% de las emisiones globales anuales de los combustibles fósiles en el mundo. Así, aparte de su impacto grave en la biodiversidad, estos incendios inciden con protagonismo en el salto hacia el abismo de la Humanidad por la emergencia climática. Veámoslo.

 POR LOURDES HERNÁNDEZ / WWF-ESPAÑA

A finales de junio, una oleada de incendios arrasó en apenas 15 minutos Lytton, al sur de la Columbia Británica, en Canadá. Esta pequeña localidad fue el epicentro de la ola de calor sin precedentes que afectó al oeste de Canadá. En esos días, hacía más calor en Canadá que en Dubai. Todo apunta a que este incendio pudo ser lo que los expertos han denominado “incendio de sexta generación”, siniestros claramente vinculados al cambio climático. Estos incendios se dan en condiciones meteorológicas muy adversas, y liberan tal cantidad de energía que son capaces de intensificar la meteorología de su entorno generando columnas de convección que al enfriarse en altas capas de la atmósfera se desploman en forma de tormenta de fuego multiplicando los focos y extendiendo las llamas a una gran velocidad. Cuando se registraron los incendios de Canadá, los termómetros marcaban 49,6°C con humedades relativas muy bajas. En esas condiciones se forman incendios imposibles de apagar, que ocasionan daños catastróficos para el paisaje, la economía de un país y la vida de sus ciudadanos.

El cambio climático está modificando la forma en la que arde el territorio a escala global. La combinación de olas de calor prolongadas, sequías acumuladas y baja humedad unida a una vegetación muy seca y bosques decaídos está generando incendios excepcionales en zonas libres de incendios hasta ahora, como la región ártica. Además, eventos extremos y de una virulencia nunca antes vista están sucediendo cada vez con más frecuencia en Australia, Europa, Chile, Amazonía, Indonesia o California. A escala mundial, la cifra de muertes por incendios se ha incrementado un 276 % en los últimos años. También se han alargado los periodos de riesgo a nivel global.

El origen de todos estos fuegos responde a distintas causas y motivaciones: lo que sucede en las selvas de la Amazonia o los bosques de Indonesia tiene un claro trasfondo socioeconómico, el de la desforestación debido al insostenible sistema alimentario mundial. Otras zonas arden porque sus bosques están estresados, ya no se sustentan con el actual clima, como los del sur de Suecia o Noruega. Algunas regiones, además de tener a sus bosques en declive, han abandonado usos y aprovechamientos y los combustibles se acumulan dramáticamente, como sucede en el Mediterráneo, Australia o Chile. En cualquier caso, independientemente del origen del fuego, estos incendios tienen algo en común: el cambio climático intensificó las condiciones de su propagación hasta que derivaron en episodios muy peligrosos e incontrolables. La creciente emergencia climática está abocando a nuestro planeta a las llamas. Esta crisis incendiaria es la punta del iceberg de una mucho más amplia y grave para la humanidad, la climática. Estos terribles incendios son la imagen del futuro, la “nueva normalidad” de los siniestros que nos esperan en muchas zonas del planeta.

Los incendios forestales y el cambio climático constituyen un círculo vicioso. A medida que aumenta el número de incendios también lo hacen las emisiones de gases de efecto invernadero, y se incrementa la temperatura general del planeta y la sucesión de eventos climáticos extremos. Las emisiones debidas a los incendios en 2019 supusieron un repunte a nivel global. En total se liberaron 7.800 millones de toneladas de CO2, el equivalente a unas 25 veces las emisiones totales de España en un año. Comparado con las emisiones debidas a la quema de combustibles fósiles, los incendios fueron responsables de más de una quinta parte de los 36.800 millones de toneladas de carbono liberadas ese año. Datos según Copernicus Climate Change Service.

Evolución de las emisiones de dióxido de carbono debido a incendios forestales entre 1997-2019. FUENTE: Global Fire Emissions Database.

Desde el año 2001, la temperatura media del planeta no ha dejado de crecer. Los 20 años más cálidos han sucedido en los últimos años y la década 2011-2020 fue la más caliente desde que hay registros (1880). El planeta ya es 1,1 °C más cálido que en la era preindustrial.

Los impactos de la crisis climática son evidentes y estos dramáticos incendios son una de las caras más terribles. Pero hay mucho más. Las lluvias torrenciales y las inundaciones han aumentado notablemente desde 1960 en ambos hemisferios y zonas vulnerables como España. Y también se registran sequías sin precedentes, huracanes o pandemias. Jamás en la historia reciente la humanidad había afrontado tantos problemas en tan corto plazo de tiempo. La vulnerabilidad del planeta y de la población ha crecido exponencialmente según nos hemos ido distanciando de la naturaleza.

Consecuencias de los incendios sobre el clima

Los incendios tienen repercusiones sobre el clima a distintas escalas: en primer lugar, con la liberación directa de dióxido de carbono, principal causante del calentamiento global. En la actualidad, las emisiones brutas de carbono debidas a los incendios forestales equivalen al 25% de las emisiones globales anuales de los combustibles fósiles. En segundo lugar, el carbón negro u hollín que se deposita en el hielo del Ártico y evita que se refleje el calor del sol. En el Ártico, el derretimiento del permafrost emite millones de toneladas de metano, un gas de efecto invernadero 25 veces más potente que el CO2. Por último, con la destrucción de los bosques y de su potencial de absorción de CO2. Algunos estudios aseguran que, de continuar la actual tendencia de deforestación, para el año 2050 la Amazonía podría dejar de actuar como sumidero de carbono para convertirse en uno de los mayores emisores.

¿Qué nos espera en España?

La península ibérica es especialmente vulnerable a estos superincendios debidos al cambio climático. La región mediterránea es una de las zonas con mayor riesgo a nivel mundial, donde el impacto del calentamiento global será unas 20 veces mayor. Junto a estas condiciones meteorológicas especialmente adversas, la alta siniestralidad e intencionalidad, el despoblamiento rural, el abandono de usos tradicionales, la escasa gestión forestal y la ausencia de políticas que gestionen coherentemente el territorio son el cóctel perfecto para incendios de alta intensidad, simultáneos e imposibles de apagar. La forma más eficaz de adaptarse a este nuevo escenario es transformando el territorio para que sea menos inflamable: recuperando paisajes que conjuguen un tejido productivo con la conservación de la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático.

Hay solución

Analizando el marco global queda claro que nos dirigimos hacia algo absolutamente excepcional: un planeta en llamas. Los expertos predicen que, si no actuamos, lo peor está por llegar y en los próximos años asistiremos a un número creciente de incendios y más severos.

Hoy más que nunca resulta imprescindible luchar contra el cambio climático y evitar una subida de temperatura global superior a 1,5°C. Para ello hay que acelerar la transición energética hacia una economía descarbonizada con medidas urgentes para conseguir una energía 100% renovable y un transporte y una alimentación sostenibles. La crisis económica causada por la Covid-19 puede suponer una oportunidad para poner la naturaleza en el pilar de la recuperación económica y que las medidas vayan orientadas a dar respuesta a la grave crisis climática y de biodiversidad.


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