La idea de Paul Auster de trasladar Israel al Estado de Wyoming

El recientemente desaparecido escritor Paul Auster. Foto: Edu Bayer.

Anoche en Eurovisión se perpetró una vuelta de tuerca más en el avance de la ignominia del ultracapitalismo y la ultraderecha, del poder del dinero de los matones en contra de todos los derechos humanos. Hoy queremos recordar en nuestra área de descanso algunas reflexiones de un escritor enorme que partió recientemente de este mundo cada vez más convulso, Paul Auster.

Hay quien se ha sorprendido en las redes sociales del cariño mostrado hacia Paul Auster después de que se conociera su muerte. Al margen de algún previsible exceso, la mayoría de las reacciones que yo he leído me han parecido sinceras y sentidas. Pocos autores como él conciliaban la admiración de la crítica y el cariño de los lectores. Cuando muere un autor que te ha acompañado toda la vida, que te ha enseñado a ser mejor lector y escritor, se apaga una luz. Es cierto que quedan sus obras, el tiempo dirá si inmortales o no. Pero ya nunca más habrá una nueva novela de Auster, normalmente en otoño, que esperaba con la misma expectación que las películas de otro neoyorkino ilustre, Woody Allen.

Leí hace poco su última novela, de la que hablé en estas mismas páginas, y aunque conocía su estancia en Cancerland, como cariñosamente había definido la enfermedad su  mujer, la escritora Siri Hustvedt, pocos imaginábamos que el final del autor de Trilogía de Nueva York estaba muy cerca. Después de que Hustvedt publicara alguna foto con su marido en su cuenta de Instagram incluso pensé que quizá se estaba recuperando. No entendí que en realidad se trataba de una despedida.

Una vez conocida la muerte de Auster, en una vuelta de tuerca muy propia de estos tiempos, Hustvedt se lamentó en esa misma red social de que, quizás pecando de ingenuidad, le habría gustado ser ella quien diese la noticia. Algo normal, ¿no? Con coraje y lucidez, tal vez las mismas cualidades que le llevaron durante años a sentarse frente a su máquina de escribir, a la que por cierto rindió un homenaje, el autor de El libro de las ilusiones había declinado nuevos tratamientos contra el cáncer de pulmón, inútiles, y pasar sus últimos días en casa, junto a su familia, mermada tras la trágica muerte de su hijo y de su nieta.

Pero antes de que el cuerpo de Auster hubiera salido de la habitación en la que murió, rodeado de sus seres queridos, de sus libros, la noticia de su muerte ya aparecía en todos los medios. “Los obituarios ya estaban publicados. Ni yo, ni nuestra hija, Sophie, ni nuestro yerno, Spencer, ni mis hermanas, a las que Paul amaba como si fueran las suyas y lo acompañaron en su muerte, tuvimos tiempo para asumir nuestra pérdida”, escribió Hustvedt en Instagram.

La insana velocidad de la sociedad en la que vivimos ni siquiera nos deja espacio a decir el último adiós a nuestros seres queridos. Después de la indignación que yo mismo sentí al leerlo, me acordé de esa escena maravillosa que recrea Raymond Carver en el cuento inmortal que es Tres rosas amarillas (El encargo), en el que el autor norteamericano rinde homenaje a su maestro, Antón Chéjov. La actriz y esposa del escritor ruso, Olga Knipper, le pide al médico y al botones que le han asistido durante toda la noche, que la dejen a solas con el cuerpo de Chéjov para despedirse de él. Al parecer, hoy eso ya no es posible.

Como la mejor manera de honrar la memoria de un gran escritor es leer su obra, después del shock que supuso la noticia de la muerte de Auster decidí releer alguno de sus libros. Y opté por uno de no ficción, donde el autor habla en primera persona. Enseguida me vino a la cabeza Aquí y ahora (coeditado por Anagrama y Mondadori), el volumen que recoge las cartas que intercambió con otro titán de las letras, John Coetzee, entre 2008 y 2011. La escritura, la importancia de la amistad, el deporte, el amor, los libros, los rodajes de cine, las casualidades y el azar son algunos de los temas sobre los que “echaron chispas”, en palabras de Coetzee, estos dos amigos.

En una carta del 7 de abril de 2010, en respuesta a un comentario de Coetzee (“preferiríamos soportar la miseria de la realidad que hemos creado… antes que organizar una nueva realidad negociada”), Paul Auster expone, al azar, tres ejemplos, “entre los centenares, sino miles, de problemas de que está plagado el mundo”. El primero de estos ejemplos que señala Auster es el conflicto en Oriente Próximo. De origen judío, sin embargo el judaísmo nunca tuvo una presencia importante en su narrativa, a diferencia de otros autores, como Saul Bellow, Philip Roth o Grace Paley. Sin embargo, Auster no podía obviar ese origen ni tampoco, como cualquier ciudadano que cree en los derechos humanos, el conflicto que enfrentaba a israelíes y palestinos desde hacía décadas. Durante un tiempo, escribe en esa carta, sintió un cierto optimismo, cauteloso, sobre la posibilidad de una solución de dos Estados. “Ahora ha  desaparecido esa esperanza, y cuando considero que el conflicto ya dura el tiempo equivalente al de mi vida entera, creo que va siendo hora de pensar en soluciones radicales y hasta el momento inimaginables. A lo largo de los años se me han ido ocurriendo diversas ideas quijotescas, pero creo que mi último plan es el mejor. Evacuar a toda la población israelí y darle el Estado de Wyoming. Es un territorio inmenso y escasamente poblado, y en interés de la paz mundial, el Gobierno estadounidense podría simplemente comprar ranchos y granjas y reasentar a la población de Wyoming en otros estados de la región”.

John Coetzee, que muestra su lealtad a los amigos israelíes que tiene y que, a la vez, firma (unas veces y otras no) manifiestos a favor de Palestina, le responde en una carta fechada el 17 de abril de 2010. “Sigo las noticias de Israel/Palestina con tales sentimientos de consternación y desagrado que a veces me cuesta horrores no emitir una maldición sobre ambas estirpes y largarme a otro lado. Sobre los palestinos se ha cometido una enorme injusticia. Eso lo reconocemos todos. Se les ha hecho pagar las consecuencias de lo que sucedió en Europa, algo que no era culpa de ellos para nada, y que –tal como tú señalas en tu fantasía de un Wyoming para los judíos– se podría haber resuelto de otra media docena de  maneras que no habría requerido expulsar de su tierra a los palestinos”.

Si no me falla la memoria, creo que fue más o menos en esa época, o tal vez antes, cuando Mario Vargas Llosa (que no es sospechoso de antioccidental ni pro Hamás) escribió un reportaje para El País Semanal en el que mostraba su vergüenza por lo que había visto allí, el apartheid al que habían sometido los israelíes a los palestinos, quienes casi literalmente vivían en un campo de concentración.

Por desgracia, la situación ha empeorado sustancialmente para los palestinos y estos meses asistimos a un verdadero genocidio narrado gracias al coraje de periodistas y del personal humanitario que se está jugando la vida para contarlo. Habría que procesar por crímenes contra la humanidad a Netanyahu –cuyo único incentivo es mantenerse en el poder– y a su gobierno ultra. No solo es que esté aniquilando a una población indefensa que ya no sabe dónde esconderse para no sufrir las bombas, es que está mancillando lo que significó el Holocausto. ¿Qué pensarían los millones de muertos en las cámaras de gas si vieran a este hombre aniquilar, en su nombre, por mera ambición personal, a miles de personas indefensas, la mayoría niños?

Quizás Siri Hustvedt y Paul Auster hablasen de esta tragedia en los últimos meses. La verdad es que no lo sé, puedo entender que no lo hicieran, y tampoco importa para seguir leyendo a un escritor cuya obra me acompañará el resto de mi vida. Pero no me cuesta imaginar al autor de Leviatán indignado ante la represión policial a los estudiantes que se manifestaron en la Universidad de Columbia, su universidad, para protestar por lo que creen justo.

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