Loly y David: cómo aprender a reconocer nuestros paisajes
El paisaje es el resultado visible de cómo pensamos, cómo nos relacionamos, cómo producimos, cómo cuidamos.
Hay decisiones que parecen inevitables. En 2009, Loly y David decidieron volver al pueblo y emprender juntos. No lo hicieron empujados por una épica rural ni por un discurso prefabricado sobre sostenibilidad. Lo hicieron porque algo no encajaba y porque, de alguna manera, sentían que el camino pasaba por ahí. “Decidimos volvernos a nuestro pueblo y montar aquí una consultoría”, recuerda la coordinadora de Fundación Paisaje, Loly Masegosa. Ella es licenciada en Ciencias Ambientales y máster en Agricultura Ecológica. David, ingeniero industrial. Complementándose y desde el amor, crearon su primer proyecto: una consultoría dedicada a la agricultura y la ganadería ecológica y regenerativa, y a la industria artesana. Os contamos su historia.
En medio del paisaje árido del Altiplano Estepario (entre Murcia, Granada y Almería), Loly y David querían acompañar procesos reales en un territorio que conocían desde dentro. Regresaron para estar donde pasan las cosas. Escuchar a agricultores, a ganaderos, trabajar con ayuntamientos y empezar a tocar la educación ambiental con sensibilidad.
De la frustración al aprendizaje
Aquellos primeros años fueron intensos y formativos, pero también reveladores, relata Loly. A medida que el proyecto avanzaba, algo empezaba a incomodar: muchos agricultores estaban más pendientes de la subvención de la PAC que de una conciencia profunda sobre el cuidado del entorno o de la salud de las personas a través de los alimentos. “Nos encontrábamos agricultores muy concienciados, claro que sí”, matiza Loly, “pero veíamos que ese era uno de los grandes retos”. El sistema empujaba a mirar hacia fuera, a responder a incentivos, a cumplir requisitos. Faltaba algo más hondo. Algo que no se resolvía con asesoramiento técnico.
La incomodidad se fue transformando en frustración. Y la frustración, en conversación. Entre 2015 y 2016, Loly y David llegaron a un punto de inflexión. “Nos dimos cuenta de que para regenerar el territorio teníamos que dejar de hablar solo de agricultura y ganadería y empezar a hablar de paisaje”, resuelve la experta en agricultura ecológica.
La palabra paisaje lo cambió todo. Porque el paisaje no es únicamente un decorado natural ni un recurso económico. Es el resultado visible de cómo pensamos, cómo nos relacionamos, cómo producimos, cómo cuidamos –o no–, cuenta. “¿Qué paisaje estamos creando?”, se preguntaron. La respuesta estaba en la mente y en el corazón de las personas. La conclusión fue clara: para regenerar el paisaje hacía falta un cambio profundo de mentalidad. Y ese cambio solo podía llegar desde la educación.

La educación como base del cambio
En una estancia para asesorar sobre producción ecológica en Canarias empezaron a investigar sobre educación ambiental. Y lo que encontraron fue un vacío. La educación ambiental, tal y como se estaba planteando, no hablaba de paisaje. O bien se quedaba en lo abstracto –el cambio climático como una amenaza difusa, el ser humano como culpable–, o bien se reducía a gestos fragmentados, como reciclar, sin integrar una visión completa, comenta. Ellos buscaban una mirada sistémica capaz de poner el foco en las relaciones. Así comenzó a tomar forma lo que hoy llaman una pedagogía del paisaje.
Ese proceso intelectual coincidió con un momento vital decisivo: la crianza de sus tres hijos. En aquel momento tenían cuatro y cinco años, y el pequeño apenas seis meses. En Canarias no iban al colegio. Loly y David eran sus maestros. Y los niños, sin saberlo, se convirtieron en los grandes inspiradores del proyecto. Aprendían cocinando, plantando, observando. “Nos dimos cuenta de la cantidad de conocimiento y competencias que podían adquirir desde la vida cotidiana”, recuerda Loly. Y también de la sensibilidad que empezaban a desarrollar. Simón, con cuatro años, les soltó un día una frase que aún les resuena: “Si tenemos semillas, no hay que ir al supermercado”.
Otra escena quedó grabada en la memoria familiar. En un bosque escuela, su hija Eva vio cómo un niño pisaba un caracol. Le preguntó por qué. “Porque tiene babas y da asco”, respondió él. Eva le replicó sin dudar: “Tú también meas y cagas y no te mato, y también me da asco”. Loly lo recuerda entre risas, pero el mensaje es clave: la empatía nace del vínculo, y que, para transformar de verdad, hace falta integrar tres dimensiones inseparables. La interior, la social y la del paisaje. No imponer cambios, no generar miedo ni ecoansiedad, sino crear experiencias que despierten amor, conciencia y responsabilidad.
¿Qué es la pedagogía del paisaje?
Con la pedagogía del paisaje ya diseñada, aparecieron otras preguntas: ¿cómo sostener esto en el tiempo?, ¿cómo llevarlo a sistemas reales, educativos y de regeneración ecosistémica? La respuesta era crear una entidad social. Y entonces nació Fundación Paisaje.
Desde Fundación Paisaje, su labor se articula alrededor de una idea potente y contracultural: el ser humano es regenerador. Cambiar la narrativa es el primer paso. La organización se dedica a formar a personas y facilitadoras educativas y sociales, que quieran impulsar un cambio de paradigma a través de la pedagogía del paisaje. La pedagogía del paisaje parte de analizar la relación entre el ser humano y el entorno y se sostiene sobre cuatro claves: la alimentación (construimos paisajes para producir alimentos), la protección (creamos refugios, ciudades y pueblos), la comunidad (somos seres que cooperan) y la interioridad (nos nutrimos también de belleza, silencio, agua, verde), comparte.
Volver a tocar tierra, volver a reconocer el paisaje
Pero el modelo no se queda en la teoría. Se vive. A través de experiencias vivenciales que permiten cuestionar creencias limitantes. A través de lo que llaman paisajes de aprendizaje: espacios reales –una finca, un patio escolar, un barrio– donde se construye un paisaje sano de referencia. Un lugar que demuestra que es posible vivir regenerando agua, suelo y biodiversidad.
Loly lo explica con una imagen muy concreta. Ella creció en el norte de Granada, en un paisaje de cereal, con un abrevadero natural donde bebía el ganado de su padre. Hoy, ese paisaje ha sido sustituido por cultivos intensivos. Ella tiene una referencia emocional que la impulsa a actuar. Sus hijos, en cambio, han crecido con una fotografía del paisaje completamente diferente. “¿Cómo pedirle a alguien que defienda algo que no ha visto?”, se pregunta. Por eso crean referencias. Para que la regeneración deje de ser abstracta.
En el centro de todo, siempre, están las personas. Loly habla con especial emoción de la comunidad que se genera en sus procesos formativos: espacios seguros, escucha activa, sentimiento de pertenencia. “Durante muchos años sentimos soledad. No teníamos red”, reconoce. De ahí la importancia de construirla. Cuando alguien se siente acompañado, empoderado, sostenido, algo se desbloquea. “Ya no hay quien nos pare”, dice la educadora.

Sostener la regeneración, de las personas también
Hoy, Fundación Paisaje se encuentra en una fase de escalado. Tras años de pilotos, aprendizaje y documentación, el objetivo es crecer a nivel nacional y abrir camino en Latinoamérica. El gran reto sigue siendo la financiación. Porque todavía cuesta entender que regenerar ecosistemas implica invertir en personas, en conocimiento, en inteligencia emocional, social y ecológica. “La regeneración lleva mantenimiento”, insiste Loly. Plantar árboles no basta si no se cuida a quienes van a decidir su futuro. Cambiar el paisaje sin cambiar la mentalidad es una ilusión frágil, recalca.
Su historia personal es la de alguien que ha ido afinando una pregunta a lo largo del tiempo: ¿cómo habitamos el mundo? Y que ha encontrado una respuesta tan sencilla como exigente: regenerando la relación. Con la tierra. Con los demás. Con nosotras mismas. Porque, como recuerda Loly citando un aforismo que la acompaña, “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. Y en ese cambio silencioso, cotidiano, profundamente humano, empieza siempre el paisaje que vendrá.




No hay comentarios