Luis Mateo Díez fabula vidas de película en ‘El limbo de los cines’

El escritor Luis Mateo Díez. Imagen cedida por la editorial Nórdica.

El reciente Premio Cervantes Luis Mateo Díez crea con palabras en El limbo de los cines (Nórdica Libros) la película de una época en que las salas de proyección eran una especie de santuarios donde la vida y la ficción se confundían. Ilustrado por Emilio Urberuaga, este libro lo pueblan por personajes de variopinta y estrafalaria condición, cuyas historias rocambolescas suceden dentro y fuera de la pantalla. 

Aún recuerda uno la poderosa sensación de irrealidad, inexpresable en palabras, que le caía encima a la salida de un cine de reestreno en el Madrid de los 80. Parecía pasar de la dimensión de una vida ilusoria convertida en real, la de los cines, a otra, la irreal de aquella ciudad vespertina que a medida que uno caminaba iba perdiendo sus perfiles quiméricos, como saliendo de una niebla, hasta que acababa encontrándose de nuevo en la realidad dura y desapacible que había dejado atrás al entrar al cine, ese espacio de oscuridad e imágenes que evoca el escritor leonés Luis Mateo Díez en El limbo de los cines.

Este es el último libro que ha publicado antes de que le concedieran el pasado noviembre el Premio Cervantes de Literatura. Con una obra casi cerrada, con más de 81 años, el novelista vuelve (si es que no ha salido nunca de allí) a la provincia, que materialmente abandonó cuando tras ganar una oposición entró a trabajar a finales de los 70 en el Ayuntamiento de Madrid hasta su jubilación.

“Tengo memoria y experiencia de la provincia. Me gusta esa idea de ir de lo local a lo universal, de lo inmediato a lo total”, le explicaba a uno el propio Mateo Díez en una entrevista ya lejana. Esa provincia la cuenta ahora en el interior (y en el exterior) de los cines, trasuntos de los que visitó con fruición durante su infancia y juventud. Cines que se llaman en este libro Bristol, Cobalto, Condado, Cosmo…, palacios de sueños y desvaríos edificados en pueblos de nombres como Bericia, Borela, Oleza, Balboa… Los años son aquellos en los que fundó su narrativa de mayor alcance, los de la dictadura, cuando aún había fábricas de cordelerías, coloniales, ultramarinos, galanes, haigas y quintos, donde se comulgaba y se pecaba, un mundo físico y verbal que Mateo Díez ha logrado trascender en sus novelas.

Detalle de una de las ilustraciones de Emilio Urberuaga para 'El limbo de los cines'.

Detalle de una de las ilustraciones de Emilio Urberuaga para ‘El limbo de los cines’. Cedida por la editorial Nórdica.

Los doce relatos de El limbo de los cines, cada uno titulado con el nombre de una de esas salas, pueden leerse como una especie de viaje de provincias a aquella España a medias imaginaria, a medias real, poblada de gentes disparatadas como las propias historias que inventa el escritor. Cuando entran en los cines a ver películas de género (piratas, de guerra, de terror, de vaqueros…) esas gentes ya vienen transformadas por el delirio en el que las mete Mateo Díez. De repente, los personajes empiezan a entrar y salir de las películas como los de aquella cinta muda de Buster Keaton, Sherlock Jr, o como los del cuento hablado de La rosa púrpura de El Cairo de Woody Allen.

En Bristol, dos espectadores se cuelan en una película protagonizada por un médico al que le piden cita para que les oriente sobre sus inclinaciones sexuales. Cuando el narrador de Cobalto llega al pueblo donde proyectan el filme de la que es protagonista, huyendo como soldado desertor de su compañía, escapa de la pantalla y se parapeta en un palco de la sala después de desahogarse en el urinario, esperando a sus perseguidores. Al terminar el filme, decide alistarse en los tercios de Flandes (en otra cinta). Y en Cosmo, donde proyectan una película de ciencia ficción, los marcianos aterrizan en el cine, roban a los espectadores y secuestran a una pareja de adúlteros que pillan en los urinarios, “ella vestida, pero sin bragas y el desnudo y con corbata”, y los tiran a un trozo de celuloide.

Sublimación del poder hipnótico de las películas, como en aquella famosa emisión radiofónica de La guerra de los mundos, por la que a miles de gentes abducidas les dio por creer que los marcianos invadían la tierra, estos cuentos traspasan la cuerda realidad, y cine y vida acaban confundidos como si se tratara de la única realidad.

En esos cines se engendran niños, se ama torpe pero apasionadamente, se investigan crímenes, se propagan enfermedades tropicales, se resuelven disputas entre amigas, peleadas por un novio que, en la cinta, es militar emasculado durante una guerra y los actores secundarios borrachos dan la murga a los espectadores. O los dueños de las salas marchan una noche cualquiera a un hotel de la Quinta Avenida (la de Nueva York) “donde algunas actrices secundarias hacían saltar los fotogramas para acariciarle en la nuca”.

Atrapado en este desvarío de historias sin principio ni final, retazos de momentos extravagantes, que muestran la dimensión pública, rara vez íntima, de sus personajes, el lector de El limbo de los cines es guiado por la prosa musical de su autor hasta el fondo de unas palabras que el escritor ha hecho suyas. A su modo, convierte aquel nombre de batalla de una cierta literatura (“realismo mágico) en otro que bien podría nominarse “realismo mateísta”, el de una literatura disparatada cuyos personajes, antihéroes, derrotados, frágiles cruzan la vida zarandeados por los sueños, las fantasías y las realidades.

Ilustración de Emilio Urberuaga para El limbo de los cines.

Ilustración de Emilio Urberuaga para ‘El limbo de los cines’. Cedida por la editorial Nórdica.

 

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