Esas micromisoginias cotidianas de los enamorados

Esas micromisoginias cotidianas de los enamorados

Bailando tango. Foto: Pixabay.

Cuando descubrimos que nuestro amor hace doler por machista, intentamos una amable deconstrucción, pero no siempre es tarea fértil. Esta es una oda al desamor por decepción, en compañía de la poeta Anne Carson: “La belleza. No tiene mucho secreto. No me avergüenza decir que le amé por su belleza / Como volvería a hacerlo si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible el sexo. La belleza hace al sexo sexo”.

Esto escribe Anne Carson en una de las primeras páginas de La belleza del marido (2019), su ensayo narrativo en 29 tangos. Es alta poesía del desamor, desde los ojos llorosos de una mujer a la que su marido abandona, y es compañía (de belleza) para muchas mujeres en momentos en que les/nos rompen el corazón con desidia y machismo.

La belleza nos hacer querer al otro y se empieza a querer para conocerle. Justo en ese momento solemos entrar en un juego perverso, del que tardamos un tiempo en adivinar el signo: entonces, somos la esposa que se come la tarta de bodas por las noches, con la luz de la cocina encendida, a lo largo de los dos meses siguientes al de la boda suspendida. Carson escribe imágenes tan nítidas de la desolación, amparándose en la noción de John Keats acerca de que la belleza es verdad, tanto como “los atardeceres impregnados en indolencia de miel” (Keats, Oda a la indolencia).

No parece casual que este libro me acompañase en uno de esos momentos en que una sucumbe al amor sin escudo, porque el sexo es sexo, y el partner en cuestión, una especie psicopatona venenosa, con apariencia de hombre cool que declara cosas del presente compartido y promesas, de esas que nos ponen en mujer-que-espera, porque seguramente ya vendrá lo mejor.

El ritmo a veces es una danza tranquila, y con pausas, nos susurra, si nos ponemos impacientes ante su desidia. Seguimos aquí, los dos. La tensión de la incomprensión crece en nosotras. Dudamos de lo que sentimos.

“Otras especies, que no son venenosas, a menudo tienen coloraciones y estampados parecidos a los de las especies venenosas”, dijo Anne.

Nos la jugó una vez, hace unos años, pero este reencuentro con la especie venenosa de estampados parecidos al de un ejemplar ideal vuelve a ponernos en tensión de enamoramiento. La iridiscencia del deseo (o la miel de la indolencia) nos atraviesa, de nuevo. Nos decimos que no volveremos a caer, pero la belleza (la de Anne y la de Keats) nos empujan a volver a creer que aquello fue un malentendido. Le explicamos todo lo que entonces sentimos y, disfrazándose del inocente que no hubo comprendido aquello, nos pide perdón. Volteamos el muro defensivo, se nos caen las lágrimas en su presencia. La bestia se relame. Ponzoña a la vista.

“¿Por qué la naturaleza me entregó esta criatura; no digáis que lo elegí, sino que me aventuré: por cierta pura gravedad de la propia existencia”, dijo Anne.

Pedir perdón para poder volver a jugar su juego. Fácil verlo a la distancia, pero difícil no sucumbir a su atención, que parecía tan verdadera como su belleza. Así, estar un rato a solas, en una charla afable en la que crece complicidad (los nubarrones de aquellos malentendidos lejanos se disipan) y, de repente, llegar juntos a un lugar, una celebración más grande, y ver en un rincón una sola silla, un único sitio en una mesa de amigos comunes y, ¡zas!, sentarse el señor, sin mirar atrás. Tú te quedas de pie, te da la espalda y no vuelve la mirada. Claro, alguien podría decir que cada uno es libre de moverse y buscar una silla, estar con otra gente, pero, así, sin mediar un breve comentario, tras el reencuentro, la cosa te deja rara, ¿otro malentendido?

“Qué pasa si el diablo no es tan tonto. Si un demonio mucho después del sacrificio empieza a ir y venir en la frontera, un pliegue en la luz diurna”, dijo Anne.

Decidimos que ese pliegue del diablo en la luz diurna puede que sea apenas una arruguita de nuestra percepción, algo de susceptibilidad (culpa nuestra). Intentamos alejar la sensación de que no tenemos derecho siquiera a preguntar. No vamos a preguntar ni a reclamar porque no lo necesitamos: para algo también somos cool o despreocupadas. No pasa nada. Intentamos alejar la tensión de la anticipación ante algo similar.

Otro día y otro desplante. Él interrumpe la conversación de otra persona con tono solemne y pausado, pero al querer hablar nosotras, nos reprende: No interrumpas (¿recuerdan el síndrome de tener que hablar a borbotones por miedo a que nos corten?). Manterrupting.

El machismo empieza a dejar sentir su olor nauseabundo. Y el machismo sumado a la desidia podría considerarse misoginia. Prepotencia y aversión que se traducen, entre otras cosas, en jugar a seducir para, luego, menoscabar a la presa ya asegurada.

“Pero por favor no llores. Eso es todo”, dice Anne que le dice el marido.

No voy a llorar, pero voy a hablar seria y serenamente de los flecos misóginos que le asoman, con él. Dejar pasar un día, o dos; dormir, levantarse con menos iracundia, acercarse con gesto de paz.

No me trates como a una niña. Hay cosas que hacen doler, cosas machistas. Eso es machista.

Tras escuchar con gesto respetuoso, afirmar él con la cabeza y en palabras. ¡Nos da la razón! Comprensión aparente: se nos vuelve a caer el escudo. Esto debe ser el amor. Reconocer los errores, mostrarse compasivo. Volvemos ambos a jugar a la seducción: le pedimos algo a él para reparar, a modo de fianza (o garantía), algo tonto que queremos, un símbolo material de buena voluntad. Nos dice que sí y, al día siguiente, lo trae. Trae el regalo.

“Quieres ver cómo iban las cosas desde el punto de vista del marido (…) Sabías que ella empezó. Qué. Si pudiera matarte lo haría, luego tendría que hacer otro igual que tú”, dice Anne.

Tendría que haberle hecho caso a mi amiga escritora de ciencia ficción y escribir un cuento desde el punto de vista de él, la primera vez. Quizá la indolencia de mi propia imaginación puesta en su boca me hubiera alejado para siempre. Pero no escribí aquel relato y, unos años después, volví a ansiar sus brazos y a dejarme caer en ese oasis envenenado (el del espejismo del amor).

Te cuento algo gracioso, le decimos. Mira al horizonte. No sabes lo que me pasó hoy, intentamos captar su interés con una anécdota. Sigue mirando al infinito. Contamos igual la historia (hay una tercera persona, su amigo, y, por tanto, una sobreactuación de desinterés hacia nosotras). Al cabo del cuentito, sigue evitando mirarnos, y no mueve un músculo de la cara. Se levanta y se va.

“No tuve la culpa. Estaba sin escudo/ cara a cara con la existencia y la existencia depende de la belleza”, dice Anne.

Hablar demasiado: otra de las categorías que los hombres misóginos utilizan para herir a una mujer. De esas que solo valen para menospreciar a alguien supuestamente apreciado, y mucho mejor si se pronuncia delante de un amigo, y precedida de un “querida” lleno de condescendencia. Como cuando leemos que un tertuliano recomienda a una ministra sonreír y que no abronque ni grite, una feminista a la que no la pierdan las formas.

La discreción como valor supremo de una mujer, nunca como virtud de un hombre. Estar callada y dejarse mirar, admirar, de lejos. No romper el silencio ni su representación. Ser objeto de sus fantasías, pero muda.

Por fin, enfadarnos, hablarle con claridad de la misoginia crónica que le aqueja. Dos días después, recibir un whatsapp con imágenes de una manifestación feminista y, como pie de foto: hoy fui a marchar. La incredulidad nos embarga.

“Así que ya ves / trabajo corrigiendo el pasado”, escribió Anne.


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