¿Necesitamos ‘coachs’ que nos enseñen a ligar?

¿Necesitamos ‘coachs’ que nos enseñen a ligar?

El actor Benedict Cumberbatch.

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¿Cómo se plantean los ‘coachs’ del ligue las estrategias de seducción? ¿No resultan ridículos? Si el éxito se mide por nuestra cotización en los mercados social, laboral y sexual, no vamos muy lejos. Es necesario pensar y avanzar en formas no sexistas de ligar. Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

Hace unos años, un buen amigo estaba preocupado porque se le daba muy mal lo de ligar. Nos reunió a otro colega y a mí y nos dijo seriamente: “Oíd, me gustaría que me dijerais cómo lo hacéis, es decir, que me digáis paso por paso qué ir haciendo para conseguir ligar”. La pregunta fue rara. ¿Quién podría responder a eso? ¿Puede resumirse el cortejo en una serie de pasos como una receta?

Me vino ese recuerdo cuando hace unas semanas, el año 2020 terminaba con la viralización del taller de un coach del ligue español. Os acordáis, ¿no? “Lo que tenéis que hacer para ser los putos amos de la discoteca es entrar y saludar a todo el mundo” y cosas de esas.

Coachs del ligue… Prometí que un día escribiría un artículo enteramente sobre esto. Es un tema que tengo atravesado desde hace tiempo. Y no solo porque me sentí durante una época tentado por ellos (ligando, soy bastante inepto, ansioso y torpe). También me llama el tema porque cuando me puse a hablar sobre masculinidad, sexualidad y ligue, algunos coachs me contactaron para hacer cosillas juntitos. Y ver algunos de sus vídeos me horrorizó.

Pero creo que, para entender el tema, hay que abordarlo con rigor. El tema de los coachs del amor no es nuevo, ya se ven artículos del tema hace casi 10 años. Pero su multiplicación es, como poco, interesante. Y, como es de esperar, prácticamente todo lo que se produce está dirigido a hombres. ¿Sorpresa? No lo creo. ¿Tendrá algo que ver con la masculinidad? Veámoslo.

El capital erótico

Digámoslo claro: resultar cautivador. El capital erótico es uno de los valores adscritos al éxito social en las últimas épocas. Y también se aplica a lo masculino. Si la masculinidad hegemónica tiene una forma, por lo menos en nuestra cultura, es la de Ryan Gosling, Jamie Dornan o Idris Elba. Es la forma de los modelos de perfumes, la de anuncios de ropa interior… Cuerpos esbeltos, ropa cara, peinados de moda, reloj… Pero también son miradas profundas e incisivas, un andar, un hablar, mantener la calma, una sonrisa… Pero no solamente en lo que hace a la estética o los gestos. Es también confianza en uno mismo, es seguridad, es liderazgo y ambición.

En su último artículo, Analía mencionaba a la socióloga Catherine Hakim y su famoso concepto de capital erótico, así como el último libro de Eva Illouz (en este caso en coautoría con Dana Kaplan), llamado El capital sexual en la modernidad tardía. Esta forma de valor humano no se basa únicamente en belleza física, sino también en el atractivo sexual (esa aura que no tiene que ver tanto con la belleza como con la personalidad en su conjunto), en el don de gentes (capacidad para atraer con nuestro comportamiento), el tono corporal y buena forma física, el estatus derivado de la buena ropa y abalorios, y por último, la habilidad sexual propiamente dicha.

Como se puede ver, salvo la belleza física que deriva de una lotería genética, el resto de los rasgos pueden trabajarse y cultivarse. Como trata José Luis Moreno Pestaña en su genialísimo libro La cara oculta del capital erótico, en nuestras sociedades, el imperativo de mejora del capital erótico es fundamental, tanto que incluso hay algunos trabajos (vendedoras/es de ropa, promotoras/es de eventos, camareras y bastantes más) donde el capital erótico es central.

Este tipo de exigencias sociales se incrusta tanto en hombres como mujeres, con la diferencia de que, en el caso de los hombres, no hay un mercado tan unificado con un estándar tan claro de lo que es un hombre con atractivo. En los hombres hay una creencia de que reside más la clave en la actitud que en el físico. ¿Cuántos actores hemos visto de los que se dice que “no son muy guapos”, pero tienen un atractivo muy fuerte “por la actitud”? Rami Malek, Adam Driver, Benedict Cumberbatch… ¡Un montón! Pero ¿de cuántas actrices se dice eso? El sesgo está claro.

Esto abre la puerta al cultivo del atractivo. Y abre una oportunidad de negocio. Si la persona (su personalidad, estilo, porte, etcétera) se convierte en un bien que puede mejorarse para que cotice mejor en un mercado (en el mercado laboral, pero también en el de ligar), y además aparecen unas reglas más o menos fijas de lo que es deseable/atractivo (la templanza, el éxito, una virilidad moderada pero segura, por ejemplo) y, por si fuera poco, el éxito sexual aparece como un mandamiento masculino clave (así como el ser deseadas es el femenino), pues ahí tenemos una oportunidad de mercado. Si hay un grupo enorme de hombres queriendo ligar pero que se encuentran lejos de los estándares, entonces aparecen mercaderes del atractivo: el coach como el emprendedor de la imagen.

La moral del soltero (misógino)

Paul Preciado, en su tremendo libro Pornotopía, hace un repaso histórico y cultural de la imagen del soltero juguetón que difunde Playboy en la cultura norteamericana. La moral del soltero heterosexual que plantea Playboy cuestiona la moral sexual victoriana, los códigos de discreción burgueses y las instituciones tradicionales del matrimonio y la familia. Para pasar a enarbolar una heterosexualidad libertina, racional. El playboy es un hombre sin culpa, nihilista, divertido y pretendidamente libre. Como dice Preciado: “Reacio a posicionarse ante las disyuntivas morales, el playboy se configura como un sujeto liminar que en última instancia aspira solo a jugar”. No hace daño a nadie y se divierte. ¿Quién no querría ser como él?

Ahora bien, ¿puede plantearse el asunto como algo tan inocuo como un juego para divertirse? A priori, que exista un mercado determinado y que los hombres quieran aprender a competir mejor para poder satisfacer sus necesidades no parece algo malo. ¿Qué más da lo que hagan? De hecho, es fácil verlos con simpatía si los vemos como los perdedores de un mercado neoliberal que intentan mejorar su posición. Pero ojalá fuese tan bonito.

El interés último de gran parte de estos hombres no es el de poder tener mejores herramientas, estéticas, sino también emocionales, para poder conseguir pareja y poder entablar relaciones desde el respeto y la igualdad. Los coachs del ligue no parecen tener eso en mente tampoco. Aquí lo que se difunden son herramientas sociales para conseguir impresionar, convencer y follar. Básicamente follar. Un consumismo de cuerpos y experiencias. Y se hace con una moral de “el fin justifica los medios” tremenda.

En ese sentido, no es algo que sólo implique a los hombres. No es tanto una conducta individual de mejora o cuestionamiento que no hace daño a nadie más que a la persona que la lleva a cabo. Aquí hablamos de hombres que, para conseguir cumplir su objetivo, tienen que implicar a otras personas. Y si no hay escrúpulos, si hay una moral nihilista, instrumentalizadora y misógina, esto se convierte en un “haz lo que sea con tal de follar”. Se instrumentalizan otros cuerpos para un rédito egocéntrico. El coach del ligue enseña a ganar, a romper defensas para demostrar excelencia: son hombres usando el cuerpo de otra persona para demostrarse a ellos mismos su valor.

¿Hacia dónde ir?

Como vemos, el tema es serio. No es tan fácil como reírnos de unos cuantos tíos que van a cursos ridículos de ligar. Empresas como Levantarte, Morning Kiss del gurú Alex Wagner, entre muchas otras, están dando salida a un interés cada vez mayor. Hay muchísima demanda, muy transversal y diversa. Y estos coachs están alimentando la peor forma de enfocar la autoestima y el contacto humano. Esto plantea la necesidad de reflexionar desde una perspectiva feminista y crítica:

Primero, qué debates estamos teniendo sobre formas no sexistas de ligar. ¿Qué estereotipos estamos confrontando y qué modelos alternativos de masculinidad estamos proponiendo que resulten interesantes como referentes? ¿Hay modelos de ligar basados en la escucha sincera, la simpatía respetuosa y el jugueteo consensuado?

Y segundo, un tema fundamental: ¿qué estamos haciendo para desarticular ese mandato que iguala el atractivo con el éxito social, sexual y hasta laboral? Mientras no incidamos en ese debate, un problema clave nos acecha: ¿Qué hacemos con los perdedores del juego? Está muy bien reírnos de lo imbéciles que son los tíos que van a coachs del ligue y tal, pero si la mofa no se hace cuestionando el objetivo último de validarse a través del éxito y únicamente nos quedamos en “mira qué tontos por pensar que van a ligar saludando a gente invisible en un bar”, no solo no transformamos el género, sino que incluso corremos el riesgo de alimentar posiciones defensivas y (aún más) conservadoras.

Sin cuestionar el mandamiento de la sexualización, del éxito a través de la validación en mercados diversos (triunfamos solo si se nos cotiza en el mercado social, el mercado laboral, el mercado sexual…), en definitiva, sin criticar la lógica masculina que proyecta la identidad en la cacería de cuerpos, no vamos muy lejos.

Y para ello, necesitamos pensar sobre el deseo y el encuentro desde posiciones basadas en el respeto y el consentimiento, y trabajar desde ahí para dar nuevas herramientas generadoras de autoestima que no pasen por la validación compulsiva y el consumo de cuerpos ¿Sabremos hacerlo?

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Comentarios

  • Eduardo

    Por Eduardo, el 16 enero 2021

    ¿Y por qué la búsqueda de sexo, sin más, es «mala», y se entiende como un acto de agresión del hombre hacia la mujer? ¿No son humanas, no sienten deseo, sin mayor complicación? Moralina. Si somos libres, hacemos los dos lo que los dos queremos (el número es orientativo).

  • Estuario

    Por Estuario, el 16 enero 2021

    Lo que dices es cierto «el estigma del cazador»esta muy invuido en la sociedad ya desde que entran a la pubertad a los hombres se les aleciona para que se comporten como cazadores y a las mujeres como presas deben presentarse como vulnerables y dar la impresión de haber sido seducidas o un simil mas cercano seria el del caballero errante que recorre las tierras viviendo aventuras mientras que la mujer es la princesa encerrada en la torre custodiada por el dragón (que seria el padre)esperando al caballero que logre salvar todas las pruebas

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