¿Para qué sirve un marido?, II parte

¿Para qué sirve un marido?, II parte

Las protagonistas de la serie ‘And Just Like That’.

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Nuestra columna del mes pasado, en la que analizábamos con humor los miedos de los maridos, a partir de los roles masculinos en ‘Tres pisos’, la última película de Nanni Moretti, suscitó una inesperada avalancha de visitas, comentarios e incluso insultos. Volvemos a la carga con el asunto a partir de la decepcionante vuelta de la serie ‘Sexo en Nueva York’, ahora llena de maridos y esposas timoratas, acomodados todos en su patrimonio de insatisfacción.

Eran casi todo señores los que se manifestaban, bien para insultar a la cronista, bien para declarar –con imperiosa necesidad– que “no todos los hombres” hacen las mismas cosas (el bien conocido not all men), con morosa explicación de cada una de sus virtudes como maridos individuales. Más allá de lo desacertado de los intentos de ofender por parte de algunos lectores, había algunas descripciones de la vida matrimonial que parecían dirigidas a una terapeuta o a un sacerdote, en busca de bendición y perdón, o agradecimiento. Nadie les había acusado personalmente de nada, pero en su interior, estos esposos debían ofrecer aclaraciones minuciosas a alguien, quizá a la esposa (que alguna vez puede que reclamase algo concreto) o al resto de mujeres plausibles de ser esposas o de reclamar.

Al constatar la susceptibilidad ambiente frente a un texto con tono satírico en el que nos preguntábamos sobre si los maridos aportan o reducen el miedo en el seno de la pareja, nuestra mirada pasó a concentrarse en los esposos con más ahínco, en los de la vida real y en los que representa la ficción. Por entonces, regresaba, triunfal, la segunda parte de Sexo en Nueva York, ahora llamada And just like that (y simplemente así), que nos lo puso en bandeja: la serie de las mujeres urbanitas, sexualmente emancipadas, 20 años atrás, llegaba cargada de puros maridos. And just like that

¿Sexo en Nueva York?

En lugar de Sex in the city o de aquellos devaneos interiores (en voz en off) y contradicciones de los vínculos amorosos, la miniserie de HBO retoma la vida exterior de tres mujeres de 55 años, que, devenidas eternas esposas ya, siguen ilusionadas con los zapatos de tacón y los vestidos de tul. Stanford (Willie Garson, su fiel amigo gay), también aparece fugazmente, convertido en cansado esposo de Tony (Mario Cantone), otro marido cincuentón y quejoso. Y mientras estos últimos sí que están planteándose una salida al tedio, Carrie (Sarah Jessica Parker) se conforma con tener a sus zapatos como “amantes”.

Veamos a los maridos: Mr. Big (Chris Noth), aquel tío de sonrisa sexy e inaccesible –aparecía, seducía y se evaporaba–, llega a la secuela convertido en esposo fijo, como bien mueble con dos décadas instalado en el lujoso salón compartido con Carrie. Es un compañero infaltable de las cenas hogareñas, aunque se prodiga menos en fiestas escolares (como para no perder su halo de ejecutivo solicitado). Nada que objetar, salvo que ni los guionistas se creen la relación chispeante que mantienen estos dos millonarios enamorados, hasta el momento mismo en que uno de los dos necesita una ambulancia y el otro no la llama (glup: esto queda así, para no hacer spoilers).

Con Carrie a lo suyo –lo suyo se ha reducido a las compras y las sesiones de fisioterapia– y Samantha (Kim Catrall) viviendo en Londres (la soltera más liberal ha quedado fuera de la trama), nos resta echar un vistazo a la vida conyugal de los otros dos personajes femeninos. Por un lado, Charlotte (Kristin Davis), más frívola que nunca, recrimina a su amiga Miranda que evite teñirse y quiera dejarse el pelo con canas naturales, en un tono agresivo que uno nunca debería tolerar a una amiga. Su otra obsesión consiste en instruir a su marido en la mejor forma de parecer amables con la pareja de vecinos mestizos, tan adinerados como ellos pero mucho más cool, por esto de la aceptación social de la diversidad en la multiculti New York. Al marido de Charlotte apenas se lo ve pasar, como un padre marioneta que repite los gestos de su mujer, frente a sus hijas, y que asiente ante todas sus ocurrencias, siempre relacionadas con las apariencias y la necesidad de pertenecer a los círculos de moda que se vayan imponiendo.

Por su parte, el marido de Miranda (Cynthia Nixon) es aquel señor medio hippie que conocíamos, pero que parece haber envejecido tres siglos, hoy sordo frente a un televisor, con apenas cincuenta y pico de años, escindido en vaya a saber qué galaxia de la realidad familiar de un hijo adolescente y una esposa insatisfecha.

Them/they, los pronombres de ‘elle’

Poco sexo hay en Nueva York, mientras todo el mundo está pendiente de lo que hay que decir (¡ojo con equivocarse con los pronombres no binarios!) y de los amigos que hay que tener para mostrar, como emulando aquella vieja publicidad de Benetton de los muchos colores en las pieles. Las espectadoras –las que algún día valoramos que la serie original pusiera el deseo femenino en foco– vamos quedando boquiabiertas frente al tratamiento infantil de cada uno de los asuntos de las nuevas diversidades.

En esta secuela, las mechas con canas, las nuevas curvas y las arruguitas podrían resultar bienvenidas, incluso sexies, pero, a cambio, recibimos un cachetazo de puritanismo y moralina, de la mano de personajes que un día fueron rompedores y que hoy atrasan medio siglo.

No vamos a atribuirle a los maridos todo el efecto retardatario, porque seguramente es una dinámica en la que las esposas juegan su rol, pero hay secuencias relacionadas con los maridos, en And just like that…, que nos dejan pasmadas. Por caso, la reclamación de Carrie hacia Miranda, avergonzada ella (¡ella, su amiga!) porque “se ha olvidado de que está casada y que tiene un marido en casa”, durante un breve momento en que Miranda se ha dejado llevar por el placer. ¿Qué clase de colega es esa? En lugar de alegrarse de que su amiga por fin haya descubierto que hay vida más allá de la desdicha (y que posiblemente esté fuera de la cama conyugal), la moralista Carrie se muestra ofendida y le exige explicaciones.

Simplemente así no creemos que suceda nada en la vida real, porque las mujeres osadas no se vuelven mojigatas y tontas por cumplir años (ojalá tampoco los maridos se transformen en ancianos a los 50). Por fortuna, lo sexy esta vez llega de la mano de la mexicana Sara Ramírez –en el rol de la cómica de género no binario Che Díaz–, que viene a sacudir la naftalina de los abrigos (y las mentes) de las estrellas y sus cónyuges.

Trailer de And just like that…


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Comentarios

  • Mercedes

    Por Mercedes, el 23 enero 2022

    Errata importante. El título de la serie en inglés es «Sex and the City» no «Sex in the City».

  • ¡Qué guapa eres para ser negra!

    Por ¡Qué guapa eres para ser negra!, el 19 febrero 2022

    […] casi todo y el sexo es apasionado (y bastante verosímil), aunque todavía con sujetador, como en Sexo en Nueva York y en casi todos los puritanos productos norteamericanos. Escenas hot con sostenes irreductibles […]

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