‘París’, la novela con uno de los mejores finales que he leído
El escritor Marcos Giralt Torrente.
Enfrentarse a la primera novela de un autor del que has adorado su última novela es, sin duda, una maniobra kamikaze. Sin embargo, el verano existe para redundar en las rarezas, en los episodios más intrépidos. Es la época en que los saltos mortales no resultan esnobs, y menos en la última entrega de ‘Champán y Cocodrilos’. La primera vez que leí a Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) caí rendida ante su narrativa. Leer ‘Los ilusionistas’ supuso para mí un descubrimiento muy importante, casi una epifanía. Descubrí a un autor firme de palabra y obra. Un narrador que no le temía a nada, ni siquiera al incómodo peso de las ramas de su árbol genealógico. Giralt Torrente había construido una enormidad que le valió el premio de la Crítica, el Francisco Umbral y ser finalista del cuantioso premio Aena cuando debió ser el ganador indiscutible. Pero, bueno, no quiero meterme en esta noche de escritura en berenjenales, sino hablar de la primera novela de este autor. Hablar de ‘París’, premio Herralde de novela 1999. Una novela que alberga uno de los finales más hermosos e íntegros con los que me he topado en mi larga andadura como lectora.
En ella, Giralt Torrente hace un trabajo de imaginación desbordante y, al mismo tiempo, metódico. Su personaje y su narración se comportan como esos ilusionistas que tantas alegrías le han dado.
Una historia que comienza con frases definitivas y definitorias de la estética literaria de París y que no me resisto a compartir con ustedes; no es una faena hacerlo, sino un acicate, por ser tanta la magia que en ella se despliega.
“Es la nostalgia. Es el miedo. Son los sueños. Es la soledad que amenaza desde lo oscuro. Es no saber y querer, aun así, que lo sentido y lo imaginado coincidan”.
“En el presente no existen las palabras”.
París posee una anatomía filosófica muy poderosa. Su narrador, un muchacho sin nombre, tiene mucho del David de Ritmo lento. Sus reflexiones son mareas limpias que arrastran con fervor botellas con mensajes casi siempre incómodos y, al mismo tiempo, mezclados con esa poética que solo pone a nuestro alcance la imaginación.
Es una obra en la que las ambigüedades forman un fértil campo narrativo y en el que la cuidadísima desinformación es una formación narrativa bárbara para el lector. Tiene un destello valleinclanesco en algunos estadios que marca el perfil de varios de los personajes. Hay un juego de espejos y de luces muy bien calculado. El padre, la madre, la tía Delfina, algunos personajes secundarios y el propio narrador beben de él con mucha fortuna.
En París ya palpita el enorme eco que dejará el universo literario de Marcos Giralt Torrente en la literatura. El autor madrileño posee un afilado olfato para detectar la cara más gratificante de la imaginación sin olvidar nunca el valor de lo real (entre las páginas vuela con maestría la silueta de su tío Gonga Torrente, reencarnado en el padre de la historia). Eso sí, no es un delator de lo privado, pero sí un virtuoso delator de lo íntimo, de lo humano, de esa revelación que siempre alimenta lo biográfico.
“Con el transcurso del tiempo, los sentimientos se vuelven más impersonales, pero es esa misma impersonalidad la que nos incapacita para penetrar en ellos con acierto”.
Mientras se lee esta Bildungroman, que en Francia hubiese sido sin duda Premio Goncourt, emociona sentir el vasto trabajo emocional que ha vertido en ella Giralt Torrente. En ella, los misterios que sustentan su buen hacer son concretos, respiran solos, se retroalimentan y, a la vez, logran una independencia que agiliza el ritmo narrativo. ¡Qué sencillo le resulta al lector congraciarse con él, aunque este sea consciente de la dificultad y del compromiso con que ha lidiado el autor para acceder a esa sencillez!
En su narración Giralt Torrente incluye metáforas de cuerpo delgado que apenas tienen que ver con la poesía. Son pequeños matices estéticos que ponen de manifiesto su categoría literaria.
París es una novela que manifiesta la necesidad del autor de elevar la filosofía a un gesto cotidiano. De convertirla en una heroína contra los códigos de relaciones superfluas incluso en el seno de la propia biografía.
“A menudo el recuerdo de las cosas importantes se edifica precisamente sobre lo banal, a menudo es el recuerdo de algo que en apariencia no nos afecta lo que nos trae el recuerdo de lo que perdura, de lo que ahora tiene importancia y entonces, cuando sucedió, no la tenía o no parecía que la tuviera”.
Hay un profundo desparpajo en el discurso del narrador. Un tono arriesgado en cada uno de sus pensamientos, de sus dudas y de sus certezas. Y es magnífica la yuxtaposición de los secretos que escoge el autor para hacer rodar su historia. También lo es el ímpetu de la madeja emocional que aquí devana Giralt Torrente. Esta novela posee una anatomía hecha sobre la inestable carne del recuerdo, de la reinterpretación y de la fuerte cohesión entre realidad y ensoñación.
“Extraña similitud, de todas formas: los dos al fin igualados, uno, mi madre, un muerto viviente, el otro, mi padre, un vivo sin voz, que no aparece ni se pronuncia y al que tampoco espero. Los dos al fin incapacitados para contar, para participar conmigo del recuerdo”.
París está escrita con la fuerza de un profesional, pese a ser una primera novela. Hay una gran ambición en las omisiones, en el tratamiento de los secretos, en las pausas y el dominio absoluto a la hora de construir la memoria del narrador. Lo velado posee más fuerza que lo contado y eso infiere una fortaleza pragmática al avance natural de la historia.
La paciencia narrativa y esa forma de prohijar lo rutinario que tiene Giralt Torrente hacen de París un animal exótico que a primera vista no lo parece. Parece inverosímil que una novela con tan poca acción contenga tanto a nivel narrativo y emocional. Es inmensa la ductilidad del lenguaje, de los mensajes psicológicos que transmite.
Les diré que en esta novela Giralt Torrente se convierte en un Kafka luminoso que persigue lo propio, pero elevado a la fantasía emocional más absoluta y perfecta.
Giralt Torrente cuenta con un universo limpio y osado. Un asentado dominio del simbolismo estético y una capacidad sustanciosa para universalizar premisas.
París es una novela de aventuras con una portentosa carga psicológica en la que el aliento de Tolstói supone un beso áspero, pero premonitorio.
Por eso los primeros capítulos son más leves, pero a medida que se avanza en la lectura los capítulos crecen en extensión, porque Giralt Torrente se apodera de una lógica irreversible y tan caudalosa como transparente. En ningún momento los capítulos se enlodan, pese a la ardiente perversidad de su núcleo.
Hay un trabajo concienzudo en esta novela en la que espera la resolución de un secreto y que acaba revelando el más inesperado de todos.
París es una novela escrita a conciencia desde la conciencia. Una novela que en su día no le gustó a Carmen Martín Gaite, pese a los velados homenajes que se le hacen (el conventillo, el ritmo lento, el latido del cautivador y embaucador Gonga) y que a mí me ha parecido magnífica, pese a su densa fisonomía y esa interacción ininterrumpida que Giralt Torrente mantiene con la repetición memorialista del narrador.
El jurado hizo muy bien en premiar esta novela en la que la agonía muta en excelencia narrativa y en cuyo cuerpo ha quedado escrito para siempre uno de los finales más hermosos e íntegros que yo he podido leer.
No teman, no lo compartiré, como tampoco daré pistas sobre su argumento. Eso les corresponde descubrirlo a ustedes. Ya saben que la contra de una novela suele dar pistas falsas o pistas envenenadas. Así que lean París, de pe a pa, y descubran el unívoco poder de la ensoñación.
‘París’. Marcos Giralt Torrente. Anagrama. 300 páginas.



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