¡Qué guapa eres para ser negra!

¡Qué guapa eres para ser negra!

Foto: Pixabay.

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El recién publicado ‘Feminismo de barrio. Lo que olvida el feminismo blanco’, de la activista norteamericana Mikki Kendall, aborda los debates y ajustes que están proponiendo las mujeres afroamericanas. Junto a este libro, recomendamos ‘Insecure’, la serie cómica de Issa Rae, y un podcast español, ‘No hay negros en el Tíbet’, que nos ayudarán a conversar de la vida desde otro punto de vista (menos blanco).

“Soy el Yeti de la familia. Soy la más alta, soy ancha de espaldas y tengo constitución de boxeadora. Piensa en Serena Williams, pero menos rica y menos atlética (…) Tengo la piel marrón, hay gente que diría que tengo un tono medio, por eso me libro en gran medida del colorismo. Pero tengo la nariz ancha, los labios gruesos y el culo grande (…) Cuando era adolescente y tenía un gusto pésimo para los chicos blancos, salía con tíos que me decían cosas como ‘qué guapa eres para ser negra’”. Estas poderosas líneas pertenecen al libro Feminismo de barrio. Lo que olvida el feminismo blanco (Capitán Swing), de la activista norteamericana Mikki Kendall (Chicago, 1976).

Guapa o negra, guapa y negra, aunque, si se lo busca, siempre hay un común denominador que rige contra todas las mujeres: “Para ser guapa según los cánones blancos o negros tienes que aparentar que has pasado algún tiempo en el salón de belleza”, apostilla Kendall. Apenas un rasgo de democrática ofensa, porque pronto vuelven las distancias racistas en las valoraciones, que si la textura del pelo, que si las curvas (exageradas e inocultables) o si el estilo casual es deliberado o síntoma de “dejadez” o provocación.

Cuenta la escritora (colaboradora del Washington Post y The guardian, entre otros) que una vez que sus tías la llevaron de niña a alisarle el pelo con lejía a una peluquería especializada en esos destrozos terminó con quemaduras y, a pesar de eso, no pudo desembarazarse del alisador hasta los 17 años, cuando por fin decidió que iba a llevar su pelo natural. En un libro que recorre casi todo lo que suelen soslayar las ensayistas del feminismo blanco, Kendall habla de los problemas alimentarios (bulimia y anorexia) que no se presuponen nunca en una adolescente negra y de las comparaciones en los tonos de piel establecen jerarquías entre primas y tías, dentro de las propias familias. Lo cercano al blanco como medida de alguna virtud impregna también el juicio de los afrodescendientes.

Otra vez Kendall: “Mientras que un moño descuidado puede ser el epítome de la elegancia desenfadada en una chica blanca, si una mujer negra no se esfuerza por mejorar su apariencia, se encontrará con la desaprobación fuera y dentro de la comunidad”.

Quizá sea por ello que las protagonistas de Insecure –la serie sobre mujeres que yo recomendaría antes que ninguna otra, en esta época desnortada– son elegantísimas chicas universitarias negras de Los Ángeles, bellas, inteligentes y ambiciosas, pero… inseguras. La desenfadada comedia de cinco temporadas –una suerte de Girls de la negritud, y en la costa Oeste– fue creada también por una mujer que la escribe y protagoniza, en este caso, la adorable Issa Rae, y en ella también se habla de todo; especialmente, de relaciones afectivas y de malos tragos laborales y profesionales.

Ocultar las curvas y sonreír menos

En la serie de HBO –a la que precede la webserie de Rae, Ackward black woman (incómoda chica negra)– hay una buena dosis de erotismo y las curvas necesarias, las verdaderas, con algunos cuerpos que no serían normativos en el cine blanco y, lo más importante, un humor de ese que contagia buen rollo. Casi cualquier treintañera puede sentirse identificada con esa cierta torpeza de Issa, que es una chica brillante, puro entusiasmo (de esas que constantemente se llevan cosas por delante), o con la eterna insatisfacción de Molly, bien entrenada para el competitivo mundo de los negocios, pero incapaz de dar con el amor correspondido.

Los guionistas ponen a los chicos y las chicas de Inglehood y alrededores (la periferia con más afroamericanos de Los Ángeles) a lidiar con las modas, a vérselas con el racismo hacia los mexicanos (que ellos también reconocen), y a discutir sobre su rol como objetos decorativos de algunas empresas de ejecutivos blancos que necesitan la apariencia mercantil de un socio negro en plantilla (ya lo decían claramente en la excelente The good fight). Una empleada afroamericana de alto rango puede hacer ganar puntos a la empresa, pero, eso sí, en la oficina debe morigerar su vehemencia, aplacar su expansiva energía vital y disimular su sonrisa. “Eres demasiado simpática”, tal el problema a resolver, según cuenta también Mikki Kendall, en base a su experiencia con una jefa blanca que llegó a llamarla a su despacho para decirle que no sonriera tanto.

En Insecure, efectivamente, se habla de todo, se muestra casi todo y el sexo es apasionado (y bastante verosímil), aunque todavía con sujetador, como en Sexo en Nueva York y en casi todos los puritanos productos norteamericanos. Escenas hot con sostenes irreductibles quitan el 70% de la gracia al asunto, aunque hagamos como que no reparamos en ello. Jugar en las convenciones de la ficción también nos lleva a hacer la vista gorda a las transformaciones evidentes en los físicos de las actrices que se van haciendo conocidas, así como en la vestimenta o accesorios de sus personajes, que van cambiando ostensiblemente entre la primera y la última temporada de la serie, donde todo se ha estilizado: los cuerpos son más delgados, se han moldeado en el gimnasio, los peinados parecen esculturas y todo se ha artificializado, si vale el término.

Por lo demás, en el grupo de amigas y amigos de Stanford que protagonizan Insecure estallan a cada instante los nigga (negro, en un sentido despectivo y de uso cariñoso solamente dentro de la comunidad), para nombrar a todos los hombres, y los bitch (zorra, de la misma manera, con uso amable permitido solo entre colegas), para llamar a todas las mujeres. Esa jerga, lejos de aquel uso recio del lenguaje en las películas de Spike Lee, nos suena fraternal y afectuoso. A este lado de la pantalla, este 60% de la audiencia blanca que somos podemos estar agradecidos de que nos dejen asomarnos a la vida de unas personas que nos gustaría que estuviesen libres de cualquier otra consideración fuera de la estrictamente humana.

El acento, en la música sí, pero…

Leemos en Feminismo de barrio. Lo que oculta el feminismo blanco: “Nos encanta el acento negro en cualquiera, salvo en una mujer negra. Claro, no tiene nada de malo hablar como los negros; ahora bien, en una cultura donde la política de la respetabilidad implica que lo normativo es lo blanco, se juzgará a una chica negra que hable con blaccent como menos válida e inteligente (…) Dependemos tanto de la respetabilidad que permitimos que el feminismo dominante ignore a aquellas que no emplean el tono aceptable para las blancas”.

¿Acaso es esto la misogynoir? Este es el término que Kendall rescata de la profesora queer feminista Moya Bailey para describir la particular misoginia contra las mujeres negras en el ámbito de la cultura popular norteamericana.

En Insecure, no obstante, Issa rapea, y jamás oculta –o destiñe– su negritud; al contrario, la resalta y le saca partido profesional. En la intimidad, frente al espejo, sus reflexiones siempre son fraseos rapeados, lo que le da un carisma canalla que esta generación de chicas con menos complejos (de femineidad) ya agradece. Es cierto que su personaje tiene otras seguridades: es una graduada de Stanford, viene de una familia con buen pasar económico y ha tenido una casa de infancia que no la hizo avergonzarse.

La respuesta a la inseguridad quizá radique, además, en la posibilidad de mostrar las propias creaciones, firmando, como Issa Rae, y poder hacer comedia para todo público diciendo nigga y bitch confraternalmente. En España aún estamos muy lejos de aquellos debates y aquellas risas, cuando, en los productos de entretenimiento, los actores negros siguen durando medio capítulo o haciendo de manteros si son senegaleses; o de gitanos, los gitanos; o de camareros en bares donde les ponen apodos denigrantes, los intérpretes latinoamericanos, y de vendedores de hachís o islamistas dispuestos a inmolarse, los magrebíes. Las actrices negras sonríen y admiten que sí consiguen bolos, claro, para hacer de prostitutas.

Por fortuna, la cosa empieza a moverse y ya se escuchan voces diferentes, incluso humor desde otra perspectiva, como en el podcast que acaban de estrenar tres españoles negros (Asaary Bibang, Frank T y Lamine Thior), llamado No hay negros en el Tíbet. Una alegría que nos dejen espiar, oír y reír.


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