Dos Sonámbulas de ensueño deambulan por el Real en Navidad

Dos Sonámbulas de ensueño deambulan por el Real en Navidad

La soprano Nadine Sierra, encima de la cornisa, en su papel de Amina en el estreno de ‘La Sonnambula’, en el Teatro Real. Abajo, el tenor Xabier Anduaga. Foto: Javier del Real.

Las sopranos Nadine Sierra y Jessica Pratt y los tenores Xabier Anduaga y Francesco Demuro protagonizan y encabezan los dos elencos de ‘La Sonnambula’ de Bellini en una producción de Bárbara Lluch en el Teatro Real. Unos cantantes perfectos para dos ‘Sonámbulas’ de ensueño durante esta Navidad.

Todo lo que vamos a narrar aquí ocurrió los días 15 y 16 de diciembre en el Teatro Real de Madrid. Pese a lo peligroso, nadie salió herido ninguna de las dos noches. El jueves, pasadas las 10 y media de la noche, después de dos horas y media de puro asombro, el Teatro Real se vino literalmente abajo como hacía tiempo que no se venía. Fue una ovación como las de antes de la pandemia: contundente y sin ningún atisbo de autocomplacencia por parte del público. La soprano estadounidense Nadine Sierra dio la última nota encaramada en una cornisa de una sobria iglesia con el tejado a dos aguas, se apagaron las luces y estalló el delirio.

Era la primera función de La Sonnambula de Bellini que el Teatro Real ha programado para esta Navidad en una sonada apuesta que se extenderá hasta el 6 de enero. Y como si Papá Noel o los Magos de Oriente hubieran leído bien la carta del director artístico del teatro, Joan Matabosch, el arranque de esta Sonámbula no ha podido ser más prometedor. Bien es verdad que Matabosch había hecho bien sus deberes. Es sabido que esta ópera, una de las grandes cumbres del belcantismo, necesita unos cantantes extraordinarios para poder llevarla a cabo. Para el primer elenco, se eligió a dos debutantes en los papeles protagonistas. Nadine Sierra, que esa noche se estrenaba por partida triple: primera vez que cantaba un papel completo de Bellini, primera vez que cantaba Amina y primera vez que se subía a las tablas de coliseo madrileño para interpretar una ópera completa. Y Xavier Anduaga, el jovencísimo tenor vasco, que debutó en el Real la temporada pasada con una Lakmé en versión concierto y en la que tuvo algunos problemas que ya contamos en esta revista.

Ambos cantantes salieron a arriesgar, como poseídos por el espíritu de sus dos personajes y del propio Bellini. Sierra no solo con el coraje y la seguridad que ofrecen tanto una técnica impecable como horas de práctica y de estudio. Posee un timbre carnoso y limpio, y atacó con valentía tanto sus sobreagudos como las agilidades, pero sobre todo, lo más destacable es su forma de componer los personajes tanto desde la garganta como desde su vertiente dramática y psicológica. Su fraseo es conmovedor hasta límites insospechados y es capaz de unos filados que cortan la respiración.

A la izquierda, de blanco, la soprano Jessica Pratt. Junto a ella, en primer plano, el tenor Francesco Demuro, en la segunda representación de ‘La Sonnambula’ en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.

Anduaga es un tenor lírico-ligero con una proyección de la voz pasmosa. Salió a por todas, con un volumen tal vez desbocado en sus primeras intervenciones y una actitud que quería demostrar que esa noche no tenía nada que ver con su anterior papel protagonista en el Real. Supo dosificarse y, pese a que le acusen de tosquedad, esa noche supo manejar la potencia de su voz y domarla a su favor. Tal vez no sea el mejor actor del mundo, pero pasó con nota todos los retos que le imponía la dirección escénica mientras su voz arriesgaba durante toda la velada.

Si el estreno fue la noche de los debutantes –la directora de escena Bárbara Lluch también se estrenaba en el Teatro Real con esta ópera–, la noche siguiente fue la que podríamos llamar de los consagrados. En el papel principal escuchamos a la soprano Jessica Pratt, gran conocedora del rol de Amina, que incluyó en su repertorio desde el año 2010. La Sonámbula de Pratt es más firme, tal vez previsible, pero no por ello menos emocionante. Su timbre y su color de voz son perfectos para el personaje, que aborda con una seguridad envidiable, probablemente ayudada por una larga carrera que ha incidido en papeles de coloratura. La cantante ya demostró en 2012 en la producción de La Fenice, que situaba la acción en una estación de esquí alpino, su poderío para afrontar este papel. La Amina de Pratt es, tal vez, menos sufridora que la de Sierra. Ella compone un personaje subyugado por las circunstancias que se mira a sí mismo, mientras que el de Sierra es capaz de hacer de los limones limonada.

El Elvino de Pratt es el tenor Francesco Demuro, tal vez el más monolítico de los cuatro cantantes. Posee una voz con un bello timbre que sube con facilidad a los agudos y demuestra técnica en las agilidades, pero su fraseo no es relajado en absoluto. Algo que le viene bastante bien a un personaje que Bárbara Lluch construye con la empatía de una lasca de pizarra recién extraída de la mina. O más bien el de un tronco recién cortado en la serrería del pueblo en el que se desarrolla la trama.

Nadine Sierra, de blanco, en ‘La Sonnambula’, de Bellini. Foto: Javier del Real.

Capítulo aparte merece la puesta en escena de Lluch. Es innegable que la nueva producción del Teatro Real logró que en su patio de butacas se instalase el desconcierto incluso el día del estreno. Un insistente runrún de personas que se preguntaban unas a otras ya antes de empezar la representación: ¿Pero al final se casa o no se casa? Ya había advertido Lluch que su propuesta tendría algo de empoderamiento femenino. No quiso que se tachara de feminista, pero sí había explicado que quería dejar el final abierto, porque le era prácticamente inconcebible que una mujer pudiera decidir casarse con el tipo que la había maltratado por celos infundados y falta de confianza.

La cosa es que el personaje canta lo que canta encaramada en una cornisa. Canta el perdón y lo bien que se siente al casarse finalmente con Elvino, una vez recuperada la honra perdida. Podríamos entender que se dice lo que se dice con una buena carga de sorna e ironía, sí. Pero sería rizar el rizo. A veces los directores de escena le dan tantas vueltas a los personajes en su cabeza que probablemente sobre el escenario muchas veces terminan por hacer cosas menos radicales de lo que ellos creían. Radical hubiera sido que Amina se hubiera arrojado de la cornisa de cabeza al suelo. Ahí no cabría duda de que mejor sola que mal acompañada y mejor muerta que tener que volver a ese pueblo opresor y violento, a esa madre tibia instalada en la equidistancia y a ese novio maltratador, celoso y pusilánime.

El ambiente sombrío de la producción está muy bien conseguido. Así como la deslocalización del pueblo. Estamos ante una sociedad opresora, inculta y aborregada, que no es capaz del más mínimo espíritu crítico ni de la empatía con el diferente lo sea por lo que lo sea. La enfermedad, la traición y el rechazo no se van a ver superados por un presunto final feliz en esta visión de Lluch. Es inevitable pensar en las puñaladas traperas que tendría que superar Amina si la historia continuase. Lo maltratador que se volvería su marido apoyado por un ambiente presto a comprar muy barato eso de ‘se lo merece porque algo habrá hecho’.

Es interesante la decisión de explicitar los demonios y las pesadillas de la protagonista que la acompañan físicamente en esta propuesta -Claus Guth es un experto en utilizar este recurso: los monstruos que acechan a Flavio en Rodelinda y el juguetón Eros de sus Bodas de Fígaro, por poner dos ejemplos. Sin embargo, y pese a que la coreografía de Iratxe Ansa e Igor Bacovich es de una magnífica factura, creo que tanta gente alrededor de nuestra protagonista con tanta insistencia distrae más que otra cosa. Tal vez hubiera sido mucho mejor utilizar un solo personaje para subrayar el conflicto interno que arrastra Amina.

El coro, que como bien dijo Maurizio Benini, director musical de esta Sonámbula del Real, juega un papel fundamental, como si de un personaje más se tratase. Las mujeres y hombres a las órdenes de Andrés Maspero no decepcionan y cumplen su función con algo más que profesionalidad. Sin embargo, en ocasiones, parece que a Lluch le ha faltado alguna idea feliz para la gestión de masas sobre el escenario. De tal forma que el coro queda en muchas ocasiones demasiado premeditadamente estático. Es obvia su intención al hacerles dar la espalda al público, todos en fila como un muro insalvable. Una figura que este verano llevó hasta sus últimas consecuencias Barrie Kosky con su algo más que multitudinaria, inquietante y claustrofóbica puesta en escena de Katia Kabanová en el pasado festival de Salzburgo.

Las escenas van de más a menos, aunque esa posada al aire libre no terminó de convencerme demasiado. El segundo acto con el aserradero y el akelarre en torno a esa casita a dos aguas, tan del gusto de Laurent Pelly, son perfectos para imprimir ese aire lyncheano a esta historia tan complicada de creer. En resumen, un debut algo más que notable el de Bárbara Lluch en el Teatro Real.

Puedes consultar aquí las funciones de ‘La Sonnambula’ en el Teatro Real de Madrid.


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Comentarios

  • Beatriz Lluch Calcagno

    Por Beatriz Lluch Calcagno, el 21 diciembre 2022

    Muchas felicidades a mi sobrina Barbara, preparada y valiente, no está nada mal …esperamos un futuro lleno de sorpresas.

  • Enlaces de diciembre de 2022 | Beckmesser

    Por Enlaces de diciembre de 2022 | Beckmesser, el 27 diciembre 2022

    […] EL ASOMBRARIO: Dos Sonámbulas de ensueño deambulan por el Real en Navidad  […]

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