Soy una eco-activista imperfecta, pero al menos no una cínica perfecta

Gallinas criadas en libertad. Foto: Rafa Ruiz.

El día a día de una persona que intenta ser coherente con sus principios de sostenibilidad para el planeta y la sociedad, contado a pie de calle, tienda y cocina… Para empezar el curso con un poco de relax y sentido del humor (y de la responsabilidad). Más –no nos engañemos– una pizca de ecoansiedad. Eso sí, aquí no vale eso de “estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.

Suena el despertador, rápido a hacer el café. Vaya, la leche es de almendras, con el estrés hídrico que provoca este cultivo, tengo que optar por la avena y recordar en casa que se compre esa. La verdad es que solo puedo ser ecológica hasta mediados de mes, porque la sección libre de pesticidas es cada vez más prohibitiva. Desde el día 15, a pelar toda la fruta. A ver si consigo huevos de alguna vecina, porque los de “gallinas criadas en suelo o en libertad” salen a más de 3 euros y siendo 4 en casa… La alimentación ecológica es ahora para los de cartera grande.

Voy a vestirme, hoy ropa cómoda, la chaqueta, de cuando mi hija era más pequeña que he ido tuneando, todavía está bien, 10 años conmigo ya, y da el pego. Si voy muy informal, siento el susurro: “Mira, ahí va la del medioambiente”; si elijo apariencia más elegante, el cuchicheo cambia a: “Mira, para ser la del medioambiente, bien pija que va”. Lo de la ropa es otro dilema, no a la hora de escoger, los susurros se los lleva el viento, el problema es comprar. “Inditex ha democratizado la moda” me dicen; cierto es que la ha hecho accesible, pero de la contaminación, explotación o incitación al hiperconsumismo, etc…, ni se comenta. Cada vez que Zara es mi opción accesible, se me pone un nudo en el estómago como si cometiese un pecado. Me consuelo pensando que al menos no compro en el mismísimo infierno, pero, no sé por qué, últimamente sólo me salen anuncios de Shein en Instagram; qué listo el algoritmo, sabe que no puedo comprar demasiado en Ecoalf. Vestir ecológico también depende de la cartera; la única opción sigue siendo reducir el consumo en lo que se pueda.

Venga al trabajo, que voy tarde. Transporte público. Mi vecina está rabiosa, porque con su coche viejo no puede llegar al centro de la ciudad, he tratado de explicarle las ventajas de las zonas de bajas emisiones y las virtudes del transporte público, pero argumenta que el acceso al centro es para los ricos que tienen híbrido. A veces me quedo sin argumentos, hay parte de razón y parte de ausencia de pedagogía en este tema. Yo esto sí que lo hago bien, al trabajo en transporte público. Bueno…, el otro día cogí un avión, y la semana anterior… también; es que un viaje de AVE me salía al precio de un billete de avión ida y vuelta, y, si no, no llego a fin de mes. Voy por el aeropuerto con la cabeza agachada, temo que alguien me diga: “Tú, la del medioambiente, mucho hablar, pero vas a coger un vuelo”. Me callaría, claro; no voy a explicarle mi economía. Viajar ecológico a veces cuesta.

Ya es media mañana; al café con los del trabajo, a ver dónde quieren ir hoy, me da un poco igual, en todos los bares del entorno leo “leche vegetal + 10 céntimos”, por no hablar de que a los sandwiches vegetales les llaman así por llevar lechuga; el jamón york y el atún les debe de crecer en la huerta… Total, que otro día que me tomo el café solo (y no voy a pensar ya si es de comercio justo, porque, si no, bebo agua).

Vuelta a casa, comida, recojo y hoy toca hacer compra. ¡La bolsa!, ¡la bolsa o la vida! Que no me olvide de llevar la bolsa; si llego a caja y no la encuentro, me entra taquicardia; sí, ya sé que cada vez están más caras y se encargan de recordártelo, pero comprar plástico así sin más es ya un pecado capital. Socialmente parece no importar que cojas tu súpercoche híbrido o diésel, que hayas ido en un crucero hipercontaminante o vayas todos los sábados al centro comercial, si en caja sacas tu bolsa de rafia, toda la fila te verá como una ciudadana responsable. ¡Ay, esa mirada benevolente que te perdona la vida!

Voy a la frutería. Los aguacates de Perú son más baratos que los nacionales, pero no puedo, no puedo, no puedo, ¡menuda huella de carbono en transporte! La banana es mucho más barata que el plátano de Canarias, pero, qué caray, apuesto por el producto nacional. Bueno, he logrado comprar toda la fruta de temporada y nacional; eso sí, media hora más leyendo etiquetas cada vez más pequeñas.

¡Madre mía, qué calor! Y lo que pesa la compra; ojo, que no se me desparrame lo que he comprado a granel, ¡qué sofoco! La gran ciudad en verano es invivible; pienso que al menos yo tengo un pueblo al que escapar. En fin, apoyo las bolsas y voy a beber. ¡Mierda, se me ha olvidado la botella retornable! ¿Qué hago? Mi conciencia no me permite comprar agua en plástico; la última vez que lo hice, me vio una conocida y me la señaló mientras murmuraba un “así que sí…, ya veo, ya”. Decido entrar en una cafetería y me pido un agua con gas, que ésa sí suele venir en vidrio. Voy a pagar, me cobran 3,5 euros, deben de cobrar por burbuja…

Por fin en casa, venga a desempaquetar: cartón para aquí, envases allí, orgánico allá. Voy a ir preparando la cena de los niños. Nada de ultraprocesados. Estamos a día 20 y ya no me da para pollo ecológico criado en libertad, y me niego a servir en el plato el de macrogranja con sus sabrosos anabolizantes, hormonas y riquísimos antibióticos, así que hoy toca ensalada de garbanzos con un poco de tofu, marca blanca, claro. Se desparrama… ¡Vaya pinta! Bueno, lo arreglo con alguna especia, y ya.

Por fin el descanso tras la cena; me pongo las noticias: Las refinerías de Repsol multiplicaron por seis su margen de ganancia. La Cop28 se celebrará en Emiratos Árabes… Poco revuelo en redes sociales, ni hay dedo acusador. Nada comparado con las protestas activistas que arrojaron tomate sobre el cristal de un cuadro o con Rebelión Científica en el Congreso. Supongo que esa parte de la sociedad acusadora espera que las manifestaciones o actos de protesta sean a las 2 de la mañana y en silencio. Para no molestar.

Esta pequeña historia está basada en hechos reales con mucha ironía, cualquier parecido con la realidad puede ser constatable, en la actualidad no cumplo condena en Wisconsin, sólo alguna condena acusadora particular, también ecoansiedad cada vez que leo un nuevo artículo sobre el estado del planeta. Veo el inmovilismo político, que no toma medidas contundentes, la desinformación mediática general que no habla de que el cambio climático afecta a la salud de las personas y causa muertes, aumenta la brecha social y provoca el aumento de la pobreza. Veo el negacionismo de muchos y el green-washing de ¡tantas empresas!, mientras se sigue engañando a la población, desinformando y poniendo el dedo acusador sobre la ciudadanía.

Las personas que intentamos concienciar, apostar por una educación mejor y una forma de vida más sostenible no somos perfectas, queremos mejorar el sistema, no vivir al margen de él, tratamos de vivir en coherencia con lo que pensamos, pero no podemos cumplir con todos los preceptos que se esperan de un ecologismo perfecto.

Lo siento, soy una eco-activista imperfecta, pero al menos no soy una cínica perfecta.

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