Tanto ‘bla bla bla’ climático…

Tanto ‘bla bla bla’ climático…

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Termina noviembre, un mes sin duda marcado por la Cumbre del Clima, celebrada en Glasgow, y en ‘El Asombrario’ aportamos una mirada más a lo alcanzado (o no alcanzado), centrándonos en lo fácil que es hacer trampas y mirar hacia otro lado, para que todo siga (casi) igual. Frente a la tibieza de los compromisos oficiales, gubernamentales, hay que destacar el poder de movilización de la ciudadanía para sacarles los colores a quienes deberían tomar decisiones y acciones ya, pero no lo hacen. Y siguen instalados en un irresponsable ‘bla bla bla’.

Quizá ver a niños y niñas plantando árboles nos ha parecido siempre una idea bella, un gesto por la naturaleza, un gesto humano lleno de ternura y cuidado; pocas imágenes pueden proyectar tantas buenas sensaciones respecto a la idea de transmitir cuidados. Pero si bajo el pie de foto leyésemos que esos árboles son pagados por una empresa que quiere limpiar su imagen o comprar con esa campaña sus derechos de emisión de CO2 (contaminación que perjudica precisamente a esos niños y niñas), la percepción de la visión descrita cambiaría.

Pues bien, sean niños y niñas o personas de cualquier franja de edad los que planten árboles, la imagen puede tener otra lectura que no resulte tan dulce o amable como parece. La plantación de árboles se ha convertido en la actividad favorita de compensación de emisiones por parte de muchas empresas y es la forma en la que afirman, sin que se les salten los colores, ser neutros en carbono. Su cuenta matemática es sencilla: al saldo de contaminación le calculan el saldo en mitigación (ojo, mitigación, no reducción de CO2), que suele ser mediante la plantación de árboles o transición a energías renovables, y con estos mecanismos de compensación siguen emitiendo G.E.I (gases de efecto invernadero). Podríamos decir que la punta del iceberg se muestra verde y limpia mientras, bajo el agua, se esconde la fuente principal de cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero, cuya reducción es absolutamente necesaria si queremos frenar el impacto que se avecina según el último informe del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático), que habla de “crisis sin precedentes”.

Si bien el Acuerdo de París reforzaba la idea de cuidado y fomento de bosques, en su concepción también de sumideros de CO2, lo cierto es que éste ha sido el hueco por el que se ha colado la llamada “compensación de emisiones”. No era la única brecha que había que concretar respecto al artículo 6 del Acuerdo de París, pero era el punto sobre el que recaían los focos de atención en la COP26, celebrada este mes en Glasgow, y, como sabemos, no ha habido acuerdo ni informe concluyente respecto a este punto, por lo que la hipocresía del capitalismo verde seguirá emitiendo gases de efecto invernadero a pesar de las llamadas de emergencia climática.

Quizá lo peor no sea que no se haya llegado a un acuerdo sobre emisiones en la COP26, quizá lo peor es que nadie parece sorprendido por esa falta de acuerdo, así que la desesperanza y la frustración campan a sus anchas entre la sociedad civil concienciada y los movimientos activistas. Tal ha sido la situación surrealista de esta cumbre que se ha dado el oxímoron de que la gente gritaba en la calle lo que en el interior de la COP26 no se quería oír, hasta el punto de que importantes personajes en este aspecto, como el profesor de energía y cambio climático Kevin Anderson, se pronunciaba en redes sociales sobre ello, llamando la atención sobre el hecho de que las reclamaciones de la calle se acercaban más a la ciencia que lo que trataban en la mesa los que tenían el poder de ejecución.

Así que, ante tanta frustración y negatividad, quedémonos con lo positivo, quedémonos con el poder de la ciudadanía, con su fuerza, con sus ganas y su capacidad resolutiva. Esa capacidad que hizo que redes de vecinos pusieran en marcha campañas de alimentos durante la pandemia. La sociedad respondió antes que las medidas políticas. Esa misma capacidad resolutiva de la gente encontró soluciones ante los abusos y exigencias de los organizadores de la COP26 sobre tiempos de cuarentena y caros alojamientos que impedían a los países del Sur enviar a sus observadores. Una vez más, la ciudadanía se organizó y puso en marcha una red ofreciendo habitaciones y bajo el “homestay network. De este modo la sociedad ayudaba ofreciendo sus casas de manera altruista; fue también la gente la que promovió bajo el hashtag #missingvoicesCop26 que muchos supiésemos que países del Sur estaban siendo excluidos de la Cumbre del Clima por esas duras cuarentenas impuestas a los países sin red generalizada de vacunas covid-19, impedimentos que limitaron la presencia de gran número de observadores del Sur en la Cumbre. Los observadores resultan fundamentales, pues son las personas que actúan a modo de vigilantes y que garantizan en cierto modo la transparencia de las negociaciones; a su vez, son los que interactúan y transmiten a la sociedad la información.

Otro ejemplo de acción de la sociedad es la Cumbre de los Pueblos llevada a cabo de forma paralela a la oficial, la que guarda saberes y reivindica acciones, organizaciones de la sociedad civil, activistas y movimientos sociales que velan por el cuidado del planeta y los derechos humanos difíciles de garantizar en un planeta que resultará cada vez más hostil. Son los pueblos y la ciudadanía los que han alzado la voz junto a Greta Thunberg ridiculizando a los mandatarios por su falta de decisiones bajo el famoso Bla bla bla.

Es esta parte de la sociedad que está activa, que se moviliza, que se organiza y que vela por los cuidados y el bien común la que da soluciones a problemas urgentes, y la misma que está buscando pequeñas soluciones ante la falta de medidas estructurales que deberían venir de arriba. Las soluciones venidas de la mano de la sociedad promueven grupos de consumo local que protegen a los pequeños productores. Cortan calles a la salida de los colegios reivindicando la recuperación del espacio público para la ciudadanía, aire limpio y entornos escolares seguros. Es la ciudadanía quien encuentra salidas y se organiza cuando se percata de los problemas. Sin embargo, hay una gran parte de la población que parece no ser consciente de la repercusión social del cambio climático. Porque es difícil ser consciente de una información que no se promueve; es difícil tener un conocimiento sobre un tema cuando la información se da sesgada o de forma puntual. O cuando se relaciona cambio climático con cambios físicos en el planeta sin hablar de las repercusiones sociales. Se habla del aumento de terrenos inundables, pero rara vez se relaciona con la pérdida de suelo habitable que obligará a familias y poblaciones enteras a abandonar el lugar donde viven. Se habla del aumento de sequías y la consecuencia física de la desertificación del terreno, pero pocas veces se acompaña de la explicación que ello implica, la pérdida de terreno fértil y que limita cada vez más el acceso a alimentos, lo que a su vez conlleva nuevos movimientos migratorios en busca de supervivencia.

Las consecuencias sociales del cambio climático no son advertidas en la proporcionalidad de la gravedad de la solución requerida; probablemente no hay interés real en que se conozcan las consecuencias, porque ello implicaría movilizaciones y reivindicaciones incómodas. Y mientras se suceden cumbres climáticas frustradas, la sociedad concienciada busca compartir conocimientos sobre la problemática acuciante, busca sumar y aunar para encontrar de forma conjunta soluciones a una crisis climática sin precedentes que se empeñan en seguir disimulando.


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