Entre la tortura y la guerra en el Temporada Alta de Girona

Entre la tortura y la guerra en el Temporada Alta de Girona

Prólogo del espectáculo ‘Il Terzo Reich (El Tercer Reich)’, de Romeo Castellucci. Foto: Lorenza Daverio.

El festival Temporada Alta de Girona es, sin duda, una de las citas más importantes de España –y de Europa– para los amantes del teatro contemporáneo, o eso que llaman artes vivas, y que mezcla y pervierte disciplinas. ‘El Asombrario’ acudió a su fin de semana de programadores y vimos espectáculos arriesgadísimos, como la instalación ‘performativa’ de Romeo Castellucci o el artefacto artístico de Cabosanroque, que diserta sobre la guerra entendida desde el punto de vista de las mujeres y los niños.

‘El Tercer Reich’. Instalación ‘performativa’ de Romeo Castellucci.

“En el teatro, la palabra no es solo una herramienta. Es un lugar de enfrentamiento cercano, un verdadero campo de batalla” (Romeo Castellucci).

Tras Bros, una disertación sobre el poder que se presentó en la edición del año pasado, llega a Temporada Alta Tercer Reich, algo más que una videoinstalación. Es también una experiencia inmersiva. El espectador ha de estar dispuesto a realizar un viaje, probablemente no muy agradable, de la mano del creador italiano Romeo Castellucci. Serán 50 minutos en los que el artista someterá al público a una prueba dura, violenta y desagradable, pero en la que tendrá la oportunidad de descubrirse. El emplazamiento elegido en Girona para instalar este ingenio, el Centro Cultural de la Mercé, la nave abovedada con altísima techumbre a dos aguas, es el lugar perfecto para este tipo de espectáculo. El público entra a un espacio a oscuras –solo iluminado por un tenue foco que destaca lo que parece una columna vertebral humana– en el que puede moverse, si quiere, a voluntad. No hay butacas, tan solo la masa y lo que ocurrirá en ese espacio inquietante.

La bailarina Gloria Dorliguzzo despliega unos pasos a modo de prólogo sobre una música repetitiva, y pronto empieza la tortura: una máquina va proyectando en fracciones de segundo, sin pausa, sin espacio para la reflexión, palabras en la pared del fondo acompañadas de un ensordecedor ruido como de pistones en movimiento. Como si nos hubieran encerrado a todos en las calderas de un antiguo buque que navega a toda máquina. El público se sienta en el suelo. Algunos en grupos, otros solos. Pasados unos minutos, eres consciente de lo que te espera: agresividad sin piedad y sin descanso. Se trata de aguantar. Una de las primeras sensaciones que te asaltan es la de tirar la toalla: levantarte y salir por la puerta. De hecho, bastantes espectadores optan por abandonar la sala. La experiencia puede ponerte al borde de la crisis de pánico, pero has de sobreponerte. Si lo logras, comienza un viaje por varios estados anímicos que genera una exposición continuada al ruido y el caos ordenado. Tratas de mostrarte resiliente, de encontrar belleza en ese ritmo marcial y ensordecedor, tratas de llevártelo a tu terreno. Tratas de quedarte con las palabras más positivas, aunque las olvides pronto. Miras al grupo. Hay gente tumbada, simplemente esperando a que pase la tormenta.

Cuando todo termina, sientes cierta sensación de cansancio y de alivio al mismo tiempo. Castellucci ha condensado en 50 minutos todos los mecanismos de defensa que utilizamos cuando nos vemos sometidos a una situación violenta y agresiva en el tiempo. Puede ser violencia mediática, ruido, miedo social, ¿por qué no?… Y comprendes bien las intenciones del artista. No en vano Castellucci ha dicho: “El teatro, por supuesto, también es espectáculo, entretenimiento, no es una experiencia mística. Pero es una forma estética capaz de plantear preguntas, problemas. Los artistas son problematizadores, decía Heidegger: Si no se plantea un problema, no hay arte; hay decoración, ilustración, comunicación, pero no una experiencia que deje huella”. La última palabra del bombardeo incesante es horizonte. Al menos, solo con eso, hay esperanza.

‘Los perros’. Led Silhouette y Marcos Morau. Danza.

Vivimos en un tiempo de pantallas en el que casi no hace falta salir de tu habitación para interactuar socialmente. Esta es la generación a la que se le explica que su futuro más próximo será convertir su tiempo en líquido en el metaverso. Personas con una identidad moldeada a voluntad que viven en un mundo donde la realidad es irreal y viceversa. Es lógico que se revele. Los nuevos románticos serán aquellos que deserten de la matrix, del trade a golpe de móvil, y la libertad a pelo del cripto-neoliberalismo y su individualidad en un bucle tóxico e infinito. Los nuevos románticos volverán a la empatía y la compasión. Se atrincherarán en clandestinas salas de cine (probablemente ocupadas) y charlarán en torno a veladores fríos de mármol sin podcast ni micrófonos. Eliminarán sus aplicaciones para el sexo rápido y regresarán al amor como recurso urgente.

Ecos de todo esto hay en un espectáculo tan aparentemente simple como Los perros. Bajo la dirección artística de Marcos Morau, el ideólogo de La Veronal, Martxel Rodríguez y Jon López, creadores de la compañía Led Silhouette, interpretan este juego de trampas y pasiones donde el tiempo es un marioneta. Como dice Carmina S. Belda en su texto al pase de mano, Los perros es “el despliegue de una danza pasional que encuentra su sentido más puro en la repetición y en la catarsis. Bailar hasta la extenuación. Ladrar hasta el abatimiento, vivir hasta el desfallecimiento. El relato del hombre que se contempla en el otro para encontrarse a sí mismo, dos hombres abrazados, dos hombres que bailan hasta que todo termine y todo vuelve a empezar”.

‘Flors y viatges’, de Cabosanroque.

‘Flors y viatges’. Instalación de Cabosanroque.

La nueva instalación de Cabosaronque fue una de las mejores cosas que se pudieron ver en el fin de semana de programadores del Festival Temporada Alta de Girona. Se trata de un artefacto multidisciplinar que durante 40 minutos explora un asunto tan grave y tan actual como la guerra, pero enfocado desde el prisma de las mujeres y los niños. El hilo conductor de esta propuesta se basa en dos textos: la obra Viajes y flores, de Mercè Rodoreda, y los testimonios de víctimas de la Segunda Guerra Mundial, recogidos por la premio Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich.

La resiliencia de las que sufren los conflictos armados tiende a transformar el trauma y el paso del tiempo en algo parecido a la ficción. El trauma deja paso a la supervivencia. En el salón de baile del Teatro Municipal de Girona se ha construido un lugar en el que el público (no más de 20 personas por sesión) se sienta en unos taburetes giratorios para que Laia Torrents y Roger Aixut, dúo que integra Cabosanroque, les transporte a un mundo de muerte y de esperanza. Un mundo en el que la tierra respira, las flores y las fuentes se convierten en aliados y las ruinas de un órgano ponen banda sonora al futuro. Pero también un lugar en el que de los árboles cuelgan hombres y las calaveras de los caballos muertos pueden cobrar vida. Un viaje marcado por la confianza y el porvenir: “Porque sólo el amor puede salvar a aquellos que se encuentran contagiados por la ira“, como dice Aleksiévich.

Un momento del espectáculo ‘Re-fracción (desde mis ojos)’. Foto: Claudia Ruiz Caro.

‘Re-fracción (desde mis ojos)’. Eva Yerbabuena.

El espectáculo de Eva Yerbabuena tiene momentos de una belleza absoluta y otros que directamente rozan el ridículo. Tal vez de esto tenga bastante culpa la dramaturgia, la dirección escénica y el concepto de Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, que firma también a medias con la bailaora la coreografía de esta propuesta. A Yerbabuena, protagonista indiscutible, se le mete en demasiados problemas sobre el escenario. Vestuario inadecuado, petacas de sonido que terminan colgando convirtiéndose en objetos peligrosos, plataformas móviles poco seguras, vestuario con efectos de humo demasiado encorsetado… Obviamente, los autores responderán con la consiguiente excusa de que dentro de las artes vivas cabe casi todo; pero, exceptuando las evoluciones de Yerbabuena cuando se arranca por la parte más tradicional del flamenco y la dirección musical de Paco Jarana, el resto del espectáculo parece fabricado a base de ocurrencias e imágenes que más que evocar distraen de lo que parece realmente importante.

Con todo y con eso, Re-fracción es un show en el que la calidad del toque, el cante y el baile adquieren cotas altísimas. Es muy acertada esa especie de peña flamenca a media luz que, junto a las evoluciones de la bailaora, logran poner los pelos de punta.

Festival Temporada Alta de Girona. Hasta el 12 de diciembre. 


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