“Violencia de género, cambio climático... Sólo una revolución cultural nos salvará”

“Violencia de género, cambio climático… Sólo una revolución cultural nos salvará”

Carteles del ciclo ‘Cartagena Piensa’.

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Pensar no parece estar de moda, tampoco argumentar ni debatir, pero en una pequeña ciudad del litoral, Cartagena, el coordinador del Área de Cultura, Patricio Hernández, ha puesto a pensar a sus paisanos en el ciclo Cartagena Piensa’  . Hernández lleva más de 30 años dedicado a la gestión cultural en la comunidad de Murcia. Pero su visión de la cultura está alejada de lo epidérmico, de los premios o los saraos que en tantas ocasiones rodean a lo que se conoce como el mundillo. Para Hernández, historiador de formación, la cultura ha de servir para la transformación de la sociedad.

Por más que Ayuso piense lo contrario, hay vida fuera de Madrid. El Mar Menor no es solo un cementerio para los peces, también un lugar de resistencia. Un buen motivo para conversar con este hombre comprometido con su época. La conversación ha sido por correo electrónico y, como veréis, si seguís leyendo, Patricio Hernández no se ha cortado un pelo.

Llevas toda la vida dedicado a promocionar la cultura desde una pequeña Administración. ¿Qué ha cambiado en todos estos años? ¿Hemos avanzado? ¿Qué podría hacerse y qué no se ha hecho aún?

Hay que aclarar en primer lugar que la Administración local es pequeña según con qué la compares. Hay ciudades y pueblos de muy diverso tamaño y características, pero quizás lo que no todo el mundo sabe es que es la Administración que más invierte en cultura en cada región y en el conjunto del Estado. En concreto, el doble que la Administración autonómica y muchísimo más que la Administración central. El gasto del Estado central en Cultura es muy poco relevante en términos presupuestarios relativos.  Por tanto, la verdadera Administración de la cultura es la municipal, la que tiene más capacidad de influir en la vida real de la gente, por cercanía y por medios, aunque siempre sean insuficientes. El ámbito local es importante además porque es el espacio privilegiado para reconstruir comunidad, tejido social, barrio, pueblo, frente a los poderosos procesos de individualización y de extensión de prácticas culturales domésticas propias de la era de internet y del capitalismo digital en la que estamos. Ya sabemos que las ciudades, donde cada vez vive más gente, van a ser determinantes para casi todo, y que todo pasa en un sitio, en un lugar que es antes que nada local.

Respecto a qué ha cambiado en las últimas décadas, hay que decir que la gestión cultural está más profesionalizada, que hay ya un background, una experiencia acumulada que es estimable, una cierta institucionalización de servicios y programas básicos (como bibliotecas, museos o centros culturales). Como reverso, respecto a los primeros años del periodo democrático, diría que se ha perdido frescura y ambición: al comienzo creíamos de verdad en que la cultura podía cambiar la vida de la gente, ser un instrumento de cambio social, y esta idea está ya olvidada. En cuanto a qué podría hacerse, pues se podrían hacer muchas cosas, si hubiera voluntad política para ello. Empezando por abrir la gestión a la participación ciudadana y establecer mecanismos de colaboración y cogestión, que reduzcan el control político de la gestión y distribuyan la capacidad de iniciativa, de decisión y de co-gobernanza de las políticas culturales sostenidas con recursos públicos.

La cultura suele ser la ‘maría’ de los programas políticos. ¿Por qué ningún partido se la toma realmente en serio?

Tiene que ver en primer lugar con quiénes son los candidatos y cuál es su imaginario cultural, y lo primero que comprobamos es que es muy pobre. El sistema de partidos se ha convertido en un filtro invertido que selecciona al revés; en vez de elegir a los más capaces, elige a los más adaptados a la cultura política de los partidos, primando la fidelidad al aparato y al cesarismo del líder antes que la capacidad de pensar autónomamente y gestionar con libertad y criterio.

Las personas con esas capacidades, que piensan por su cuenta, son incómodas y acaban por ser expulsadas de una u otra forma, aunque tenga que precisar que eso no significa que todos los políticos sean iguales. En segundo lugar, hay que decir que tampoco la sociedad reclama un papel más relevante para la cultura. Como sucede en todos los ámbitos, si hubiera presión de la sociedad, cambiarían las cosas. Pero no es el caso, salvo excepciones. Aquí la izquierda tiene muchas responsabilidades, pues ha desistido del empeño en que la cultura, como decía, juegue un papel determinante en el cambio de mentalidades y marcos interpretativos. La consecuencia es una hegemonía de las ideas y los valores conservadores y neoliberales, y ahora incluso ultras. El corolario final a todo esto es que la cultura se mide para los políticos en rentas de imagen y búsqueda de prestigio, de una parte, o en gestos populistas muy extraviados ideológicamente, de otra, siempre con un norte electoralista.

Normalmente los partidos y los electos carecen de programa para la cultura, salvo algunos lugares comunes, adolecen además de adanismo (sólo lo que yo haga importa, lo que tenga mi firma, sin que se otorgue valor al acumulado anterior) y repiten una y otra vez el mismo grave error, que se conoce con el evangélico nombre de «efecto Mateo», que consiste en dar a quien tiene y quitar a quien no tiene. De forma que la cultura pública reproduce y amplía las desigualdades culturales al dirigir sus recursos mayoritariamente a una clase media que tiene ya un cierto capital cultural y unos medios económicos,  y es capaz de identificar la cultura como demanda, frente a una mayoría de población que queda ajena y crecientemente excluida de la vida cultural.  Este es, a mi juicio, el pecado capital de la política cultural dominante.

Háblame del ciclo ‘Cartagena Piensa’. ¿Fue/es difícil sacarlo adelante?

Primero hubo de ser identificada la necesidad: incorporar a la cultura pública la filosofía y el pensamiento científico como una dimensión mayor de la cultura, como lo son las artes, que nadie cuestiona. La pregunta que nos hicimos fue: ¿dónde aprende la gente a pensar, más allá de los sistemas educativos formales?, ¿cómo mejoramos el debate público y la comprensión del mundo complejo en que vivimos? La democracia necesita una ciudadanía con mayor capacidad para intervenir en los complejos debates que nos afectan, de forma que no se reduzca nuestra capacidad de decisión.

Desde la democracia ateniense, la paideia, la educación cívica, era un requisito para su funcionamiento. Esto es ahora prioritario, diría que urgente incluso, para que no queden cada vez más asuntos en manos exclusivas de los expertos y de los profesionales de la política, y se reduzca también el margen para la manipulación. Es una cuestión de calidad de la democracia. El otro elemento decisivo era el modelo de gestión de un programa de estas características: no podía ser un programa del gobierno municipal sin más, una programación vertical decidida por los técnicos y gestores culturales o los responsables políticos. Así, tras unas jornadas abiertas de debate sobre qué política cultural debíamos desarrollar, a las que asistieron más de 400 personas, se constituyó un grupo promotor de Cartagena Piensa formado por ciudadanos y ciudadanas voluntarios, que eran docentes, investigadores, representantes de asociaciones, profesionales, etc. Este órgano se ha revelado esencial, el alma del proyecto. Y se propuso que el nuevo programa sostenido con recursos municipales fuese gestionado por este órgano, el grupo promotor. Lo que fue aceptado por los responsables municipales.

Además se apostó desde el principio por crear una red con otras entidades e instituciones, empezando por las dos universidades públicas de la región, la federación de vecinos, colegios profesionales, asociaciones culturales y otros colectivos, buscando las sinergias que esta estructura de colaboración pueden crear. Allí donde no es capaz de llegar por sí sola la acción municipal, se llega por la colaboración con estos agentes. Esta estructura se demostró pronto muy eficaz e inatacable. Hace ya cinco años desde ese momento germinal y el programa está plenamente consolidado y ha adquirido un prestigio que lo protege.

¿Necesitamos pensar más y gritar menos?   

Las cosas se pueden complicar en el futuro. El conflicto social va a crecer. Se habla de las guerras climáticas, de los refugiados climáticos, de la necropolítica, de los redundantes o sobrantes, de la polarización de la riqueza y el aumento de las desigualdades, etc…, tanto en el plano global como también dentro de cada país. La respuesta a esto está siendo levantar muros e intentar defender los privilegios (quien los tenga), recortar libertades, aumentar el autoritarismo, el cesarismo y la demagogia, etc… Va a ser una prueba muy dura para los sistemas democráticos, como estamos ya viendo en muchos sitios (los Estados Unidos de Trump, Brasil, Reino Unido, Polonia y Hungría, Turquía, la India…).

Hay que robustecer la capacidad de las democracias para resistir estos cantos de sirena que nos pueden llevar al naufragio. Y para eso hay que mejorar el debate público, oponer la capacidad de pensar, de reflexionar frente a la irracionalidad de las emociones convertidas en fuerzas sociales y políticas. Frente al vértigo por el futuro, rechazar la idealización del pasado, la búsqueda de salida –salida hacia dentro– en el refuerzo de la identidad de la tribu u otras formas de esencialismos identitarios. La democracia necesita del antagonismo, como diría Chantal Mouffe, de una pluralidad adversativa, pero no puede caer en la lógica schmittiana de amigo-enemigo. Tampoco podemos creer en el solucionismo tecnológico, en que hay una solución técnica o científica para nuestros problemas y sólo tenemos que esperar que llegue. Necesitamos “utopías posibles”, como las llama Olin Wright (acabamos de hacer un ciclo sobre este tema), “inéditos viables” (Paulo Freire). Y ser conscientes del momento histórico decisivo que vivimos, que en una década puede determinar si hay o no una vida vivible para todos en el futuro, o abandonarnos a la consigna neoliberal del sálvese quien pueda.  En este estado de cosas, ¿qué podemos hacer mejor que ponernos a pensar y a debatir civilizadamente?

No parece que España sea un país en el que se debata con argumentos.

En España se debate poco y los debates tienen baja calidad. Esto viene de lejos y costará cambiarlo, si es que nos empeñáramos en cambiarlo, que no está claro. La vida intelectual importa poco a la mayoría, incluso se practica el anti-intelectualismo militante. Los grandes temas de nuestro tiempo no alcanzan a interesar a esa mayoría, y aquí hay una gran responsabilidad de las administraciones. Yo todavía estoy preguntándome por qué no se ha aprovechado el confinamiento y la pandemia para un gran debate público sobre lo que significa la pandemia y su relación con el cambio climático, que está detrás y pronto estará delante. La única respuesta posible contra el cambio climático es un gran cambio cultural, y tenemos poco tiempo para hacerlo. ¿A qué estamos esperando?  Lo mismo podría decirse respecto del patriarcado y su expresión en forma de violencia contra las mujeres: sólo una revolución cultural nos salvará. El futuro está en disputa, pero debemos prepararnos para lo peor. Y esa batalla se está librando en la cabeza, en la conciencia de cada persona, y en la cultura compartida de los grupos en los que nos insertamos. Más nos valdría entender esto y tomar algunas medidas para alimentar esos procesos perentorios.

Suele cuestionarse a veces la existencia de un Ministerio de Cultura. ¿Cómo lo ves? ¿Es necesario o la cultura debería fomentarse desde otros ámbitos? ¿Qué opinión te merece el ministro de Cultura actual?

Yo esto lo tengo claro. El Ministerio de Cultura es imprescindible, aunque en un Estado descentralizado como el nuestro tenga un peso disminuido. Necesitamos administraciones de la cultura en cada nivel, y que estén coordinadas, pero quizás no estas que tenemos, sino otras que mantengan otra relación con el resto de agentes culturales. Lo que hoy conocemos como políticas culturales son un invento francés reciente, que tiene mucho que ver con nombres propios que fueron ministros, como Malraux o Lang, que hicieron grandes cambios respecto a la situación que encontraron cuando accedieron a su ministerio.

La gran pregunta sigue siendo si estas políticas culturales sirven para el objetivo explícito que proclaman, a saber, la democratización de la cultura y la democracia cultural, que no son lo mismo pero tampoco se tienen necesariamente que oponer. Cómo y qué hacemos para que ese derecho de acceso a la cultura que reconocen la Constitución y las leyes para todos se haga efectivo, junto a su complementario derecho a expresar la diversidad cultural realmente existente. Hay quienes directamente proclaman el fracaso de ese propósito, como Marc Fumaroli, desde posiciones liberales o, yendo aún más lejos, quienes, como Steiner, dudan que la cultura sirva para humanizarnos, recordándonos que la educación, la cultura filosófica, literaria o musical no impidieron que Alemania produjera los campos de exterminio nazis.

Frente a los que sentencian el fracaso de la cultura, yo aún creo en la incitación ilustrada del atreverse a pensar, pero no sólo como un asunto individual, sino colectivo, como un reto todavía pendiente entre las promesas incumplidas de la democracia. Por eso sigo creyendo en políticas culturales públicas que pongan a trabajar juntas a las diversas administraciones, a universidades y escuelas, al tejido asociativo y el empresarial (industrias culturales). Y que incorpore criterios como la igualdad de género y la diversidad cultural. Ahora mismo en nuestro país seguimos practicando la exclusión cultural de las minorías de todo tipo. ¿Dónde está la participación en la vida cultural de la población migrante, por ejemplo? A esto debemos dedicar nuestros esfuerzos.

Respecto al ministro actual, por sus obras los conoceréis: no conozco nada verdaderamente estimable que haya aportado por el momento al cambio de nuestra vida cultural, siendo el primer gobierno de coalición de la izquierda en nuestro período democrático, pero a lo mejor nos da algún día una sorpresa. Sería eso, una sorpresa.

De todas las voces que han pasado por ‘Cartagena Piensa’, ¿hay alguna que te haya dejado una huella más honda?

No sería elegante citar a unos y omitir a otros. En estos cinco años han pasado personas muy estimables que han dejado una profunda huella en nosotros y en el público asistente a los actos. Claro que los hay con un perfil más académico, frecuentemente muy brillantes, mientras otros u otras son más activistas o bien tienen menos proyección pública, aunque sean del mayor interés sus aportaciones. Algunos han venido más de una vez e incluso son ya amigos con los que consultamos propuestas.

¿Cómo ha sido la reacción de la gente? Supongo que la pandemia ha modificado la forma de trabajar, ¿no?

Tuvimos que suspender un trimestre el programa por el confinamiento y pasar después a refugiarnos un tiempo en las plataformas telemáticas, para poco a poco ir recobrando la normalidad, que esperamos recuperar plenamente el próximo otoño. El paso a la fase de pantalla permitió ampliar nuestros seguidores, ahora más deslocalizados (nos han seguido personas de decenas de países), incorporar una importante nómina de invitados internacionales de primer nivel y mejorar el archivo de grabaciones de los actos, como se refleja en nuestro canal de YouTube. Algunos de estos cambios han venido para quedarse y han modificado Cartagena piensa. Pero también perdimos temporalmente la riqueza de la presencialidad y algunas de las actividades dejaron de hacerse por imperativos de la pandemia. Ahora van a ser recuperadas.

Uno de los temas en los que más os habéis centrado últimamente es en la crisis ambiental. ¿Crees que es el primer problema al que se enfrenta la humanidad?

Siempre lo hemos tenido muy presente. En efecto, pensamos que es el mayor desafío colectivo al que tenemos que hacer frente y que hay una situación de urgencia que nos obliga a contribuir cuanto podamos al cambio de conciencia social sobre la gravedad de este reto y la responsabilidad que todos tenemos en hacer posibles las profundas transformaciones de las que depende el futuro de la vida en la Biosfera. Necesitamos esa revolución cultural, que plantea el sociólogo Harald Welser y que mencionaba al principio, sabiendo que el cambio climático ya es una realidad que solo podemos paliar en sus efectos y que pone el colapso como el horizonte de nuestra generación, y que la propia pandemia hay que entenderla como un episodio del Antropoceno. Nada es más importante ahora, ni más perturbador e inquietante.

Obviamente no estamos dando la respuesta que se necesita a nivel global para cambiar las cosas. 

No podemos ser optimistas. Sería una ingenuidad que no nos podemos permitir. En pocos años nos jugamos el futuro de muchas generaciones y el destino de regiones enteras del planeta que son más vulnerables pero, como en la pandemia, nadie estará a salvo si no lo estamos todos, aunque ya sabemos que los ricos y los pobres viven esto de forma muy diferente. Los países y los sectores sociales enriquecidos consumimos exponencialmente por encima de lo que nos correspondería: el Norte global es responsable del 92% de las emisiones que exceden los límites planetarios, pero las consecuencias se sufren desproporcionadamente en el Sur global. Además, conviene que todos aceptemos cuanto antes que, como dijo Ulrich Beck, no hay soluciones individuales, biográficas, para los problemas sistémicos.

Con todo, creo que podemos detectar algunos signos esperanzadores, aunque sean todavía tímidos e insuficientes: el aumento de la preocupación general por el cambio climático que se percibe en todo el mundo, el retroceso del negacionismo, los compromisos internacionales para limitar las emisiones (que la salida de Trump ha favorecido), el crédito que la ciencia ha recuperado por la propia pandemia, etc… Y quizás, por encima de todo esto, la idea que se está extendiendo de forma imparable de que no podemos regresar al mismo lugar y a las mismas prácticas anteriores a la pandemia, que lo único utópico (ahora en el sentido de quimérico) es pensar que podemos seguir igual. Pero también sabemos que las sociedades no pueden aún soportar políticamente lo que es necesario hacer desde el punto de vista ecológico. Esto es lo que tenemos que cambiar en primer lugar.

 Aparte del cambio climático, en Murcia el Mar Menor está a punto de morir. ¿Cómo se ha llegado a esa situación?

La región de Murcia es uno de los mejores exponentes en España de nuestro maltrato sistemático al medioambiente. Es un catálogo muy elocuente de todo lo que somos capaces de hacer mal. Desde la especulación urbanística continuada –con su corolario de corrupción política y empresarial– incluyendo las agresiones continuadas al litoral, a la contaminación de suelos (el caso de la Sierra Minera es antológico), del aire (con las principales ciudades superando con frecuencia los límites legales) o del mar y las aguas subterráneas (es muy alta la contaminación de los acuíferos), con uno de los más altos ritmos de aumento continuado de las emisiones de CO2; una insaciabilidad hídrica convertida en identidad política, con un cambio de modelo de agricultura hacia las grandes explotaciones de la agroindustria, sin desarrollar los instrumentos de protección de nuestros espacios naturales, con un poder enorme de las oligarquías económicas para defender sus intereses, etc…

El Mar Menor ha sido el colofón de esta deriva suicida, fruto de la negligencia política, la avidez económica del agro-negocio, y la indolencia cómplice de una buena parte de la sociedad. Además, la región está en una zona de especial vulnerabilidad al cambio climático y a los fenómenos climáticos extremos que provoca. Hay que dar un giro drástico, con nuevas políticas de restauración, regeneración y resiliencia, con cambio de modelo económico que incorpore como una prioridad la dimensión ambiental, con políticas planificadas pensando en el largo plazo, en las generaciones venideras, que sean sostenibles y justas, y desarrolladas con amplio consenso y desde la colaboración pública (de todas las administraciones), empresarial y social. Y acompañada con una intensa labor de educación ambiental de la población.

¿Un programa como este puede contribuir a cambiar las cosas, aunque sea a pequeña escala?

Yo creo que sí, que esto es indudable, aunque no podamos medirlo fácilmente ni atribuirle mágicos efectos desmesurados que no le corresponden. Tampoco es automático. Sus efectos se notarán a medio y largo plazo. De lo que estamos seguros es de que contribuimos a poner en la agenda pública problemas y reflexiones cualificadas más allá de las limitaciones reduccionistas y cortoplacistas habituales de la esfera local, a formar con libertad el criterio de muchos ciudadanos, a enriquecer el debate público de interés social introduciendo nuevos argumentos en estos debates, a conocer y conectarnos con otras realidades de dentro y fuera del país, a demostrar que se puede ser eficaz con un nuevo modelo de gestión cultural.


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