Visones enjaulados: una peligrosísima bomba biológica

Visones en una ‘granja’. Foto: CC.

Leo estos días que hay una nueva alerta sanitaria por un brote de gripe aviar en una ‘granja’ de visones española. Como en una pesadilla que se repite, la preocupación de los virólogos es que el virus, al parecer muy mortífero, haya pasado a los mamíferos y cómo puede afectar esta circunstancia a los humanos. Hoy el Área de Descanso se convierte en un Área de Pesadillas… Leemos a Jane Goodall.

La Organización Mundial de la Salud ya alertó en 2019, antes de la covid, de que “el mundo no está preparado para una pandemia de patógenos respiratorios virulentos y de transmisión veloz”. La institución advirtió entonces de que una pandemia como la de la gripe de 1918 podría matar hoy a 80 millones de personas, “provocando el pánico, desestabilizando la seguridad nacional y afectando gravemente a la economía y al comercio”, escribe Manuel Ansede para El País. Como sabemos, el covid llegó poco después.

Son muchas las voces del mundo de la ciencia que apuntan como causante de esta amenaza, cada vez más insistente, a la pérdida de biodiversidad global y a la condiciones en las que viven los animales esclavizados en las jaulas. Y digo jaulas  porque lo de granja ya sabemos que es un eufemismo. WWF España ha puesto en marcha una campaña para pedir el cierre inmediato de las granjas de visón: “Una bomba biológica para la naturaleza y una explotación animal que no podemos permitir”.

Otra de esas voces es la de Jane Goodall, quien nos ha enseñado a mirar de otra manera a los animales. En un libro de conversaciones publicado por la editorial Confluencias, dice la primatóloga: “Cuando admitamos que los animales  tienen personalidad, mentes capaces de pensar y, sobre todo, emociones, el dolor y el sufrimiento (mental y físico) que les infligimos sin pestañear nos quitarán el sueño. Las granjas intensivas, los mataderos, la caza para el deporte, las trampas, los animales de entretenimiento, el trato a las mascotas, la pesca… Y la lista sigue y sigue”.

Esto lo dijo en 2014 y la situación de los animales, aunque por suerte hay una mayor sensibilidad, lejos de mejorar, ha empeorado. La España vaciada se ha llenado de macrogranjas en las que los animales subsisten en condiciones que atentan contra los principios éticos y morales de una sociedad que se dice democrática. Las organizaciones animalistas llevan años de denuncia y en los últimos tiempos se han unido también a esta lucha algunas organizaciones ecologistas para acabar con las macrogranjas.

Aparte de lo que concierne a la propia vida de los animales, estos centros de internamiento tienen graves impactos en el medio ambiente y suponen una amenaza para la supervivencia del mundo rural. Actúan como muchas multinacionales (de hecho, detrás de algunas hay grandes empresas transnacionales): llegan a un territorio, lo saquean  y, cuando lo han exprimido del todo, se van a otro lugar.

Pero ese lugar acaba siendo un no lugar, un espacio inhabitable para la vida. Si queremos tener alguna opción de que la Tierra siga siendo un espacio habitable para los humanos y para el resto de seres vivos, debemos establecer una nueva relación con la naturaleza, con nosotros mismos en realidad, pues formamos parte de ella, aunque se nos olvide con tanta frecuencia.

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