Si ni siquiera somos capaces de proteger la Antártida, apaga y vámonos…

Si ni siquiera somos capaces de proteger la Antártida, apaga y vámonos…

La Antártida. Foto: Pixabay.

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Con la Cumbre de Glasgow sobre la Crisis Climática en marcha desde el lunes pasado, y recién celebrado el 30 aniversario del Protocolo de Madrid para la Protección de la Antártida, el nuevo encuentro mensual de ‘Lecturas Verdes’ organizado por la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA) tuvo como protagonista al Continente Helado, en boca de dos periodistas de divulgación científica de muy larga trayectoria, Rosa M. Tristán y Antonio Calvo Roy.

Los dos periodistas han escrito con amplitud sobre la Antártida: Antonio Calvo el libro La Antártida: Catedral de Hielo (Mcgraw Hill Editorial, con dos ediciones, en 1992 y en 2000). Rosa M. Tristán, a finales de 2019 / primeros meses de 2020, a través del blog #somosantartida, acogido dentro de la web de El País, y cuya última entrada registrada es del pasado mayo. Con esa distancia de 30 años entre la visita de uno y otra, los dos reconocieron en este encuentro on line que, sin duda, ese inmenso territorio blanco, ese desierto frío, les ha marcado personal y profesionalmente. Rosa: “Con la Antártida y con África puedo decir que sigo enganchadísima”. Antonio: “Han pasado 30 años y sigo teniendo sueños con la Antártida”.

En ese periodo de tres décadas, y a pesar del decisivo Protocolo de Madrid para avanzar en su protección, también coincidieron ambos en otro punto: las amenazas siguen ahí, acechando. Comenzando por ese gran problema/reto global que tenemos llamando a la puerta (y abriéndola), que es la crisis climática –el calentamiento del planeta impacta de manera brutal en el continente helado– y siguiendo por la tensión que provoca el turismo y el deseo de explotación de algunos de sus recursos naturales por parte de potencias como China y Rusia, que torpedean constantemente la urgencia de proceder a la protección de la parte marina del sexto continente: el Océano Antártico.

La periodista Rosa M. Tristán en la Antártida en 2020.

Así comenzaba Rosa M. Tristán un artículo recientemente publicado en El Asombrario: “La conservación del Océano Austral o Antártico, que abarca desde el continente del Sur hasta los 60º Sur, se ha convertido en una ‘pieza’ del tablero de la geo- política global en el que la ciencia, una vez más, ha puesto las pruebas, que indican que hay que proteger las partes mas vulnerables con urgencia, pero algunas decisiones, de índole político y económico, van por otros derroteros. Hoy es más difícil que hace 30 años lograr un consenso para que cuatro millones de kilómetros cuadrados de agua –el Mar de Wedell, en la Antártida Oriental y en torno a la Península Antártica– se conviertan en reservas marinas protegidas. Así se constató en el evento celebrado recientemente con motivo del 30 aniversario del Protocolo de Madrid, que ha servido para proteger el medioambiente en ese continente de hielo desde 1991. Esta celebración, con gran presencia de autoridades, incluidos el presidente Pedro Sánchez, los mandatarios de Australia y Nueva Zelanda y el enviado ambiental de Estados Unidos, John Kerry –los últimos virtualmente–, apostó por poner el foco en esa demanda que llevan años bloqueando los líderes de dos países: el ruso Vladimir Putin y el chino Xi Jinping. ¿Qué se esconde detrás de esa negativa?. Del 11 al 28 de octubre, se reúne la comisión internacional donde se debería gestionar la ampliación de esas zonas en riesgo (la Convención de Recursos Marinos Vivos Antárticos, CCAMLR), pero nada indica que vaya a haber cambios a corto plazo, mientras se siguen detectando casos de sobrepesca en áreas que amenazan la cadena trófica para la fauna antártica, ya en peligro ante el aumento de la temperatura del mar por el cambio climático”. Tal como se preveía, al término de la reunión, la protección quedó aplazada un año más.

“Si no somos capaces ni siquiera de proteger algo tan simbólico, algo tan evidente que hay que proteger como es la Antártida, mal vamos, apaga y vámonos”, reflexionó Antonio Calvo. Como para pedir entonces esfuerzos en proteger otras zonas, ¿no?… “Proteger la Antártida es protegernos a nosotros”, concluyó el periodista.

Por cierto, que este sexto continente es en extensión el cuarto mayor, por delante de Oceanía y Europa.

Ahí están también acechando las visitas turísticas, que han pasado de 4.000 personas en 1990, a 12.000 en el año 2000 y a 80.000 en la actualidad. No parecen unas cifras muy altas para una extensión de 14 millones de kilómetros cuadrados (más si lo comparamos con los 84 millones de turistas que registró España en 2019…, y así nos va), pero el asunto es que se concentran en muy pocos puntos, como son las islas Decepción y Rey Jorge, y que además sus ecosistemas son extremadamente frágiles.

Y luego queda sobre el tablero la explotación de algunos de sus recursos naturales; no parece que países como Rusia y China estén convencidos de mantenerla intocada. De hecho, ahora el kril, un pequeñísimo crustáceo, parecido al camarón, que habita las aguas de la Antártida y sirve de alimento básico para cetáceos, focas y pingüinos, está siendo capturado en masas ingentes para añadirlo a complementos alimenticios para humanos por sus propiedades antioxidantes, por su cacareada riqueza en omega-3 y omega-6 que contribuye a la salud cardiovascular.

Tristán y Calvo Roy coincidieron en subrayar la importancia de los dos documentos internacionales que protegen el continente blanco: El Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961 y han firmado 38 países, señala en sus dos primeros artículos: “Artículo 1: Uso exclusivo de la Antártida para fines pacíficos, prohibición de toda medida de carácter militar, excepto para colaborar con las investigaciones científicas. Se prohíben los ensayos de cualquier clase de armas. Artículo 2. Libertad de investigación científica en la Antártida”.

Un Tratado que encontró un importante desarrollo posterior con el Protocolo de Madrid, firmado en 1991. Entró en vigor en enero de 1998 con la ratificación de 28 países; posteriormente se adhirieron nueve países más. Sus artículos esenciales señalan: “Establece que la protección del medio ambiente antártico y los ecosistemas dependientes y asociados, así como del valor intrínseco de la Antártica, incluyendo sus valores de vida silvestre y estéticos y su valor como área para la realización de investigaciones científicas, en especial las esenciales para la comprensión del medio ambiente global, deberán ser consideraciones fundamentales para la planificación y realización de todas las actividades que se desarrollen en el área del Tratado Antártico”. Más: “Artículo 7: declara que cualquier actividad relacionada con los recursos minerales, salvo la investigación científica, estará prohibida. Artículo 8: requiere evaluación ambiental de todas las actividades, incluido el turismo”. Pero lo cierto es que, como explicó Rosa Tristán, la regulación del turismo quedó aplazada en su articulado, por su complejidad y por las objeciones planteadas.

El periodista Antonio Calvo Roy en la Antártida en 1990.

Tanto Tristán como Calvo Roy cuentan con amplia experiencia en la divulgación científica a través de libros. Rosa es coautora junto a Eudald Carbonell de Atapuerca. 40 años inmersos en el pasado (National Geographic), y Toni, de dos volúmenes dedicados a dos extraordinarios científicos españoles: Ramón y Cajal y el oceanógrafo pionero Odón de Buen.

Para concluir, ambos coincidieron en esta entrega de Lecturas Verdes que, en este campo científico, la exploración investigadora de la Antártida, España ocupa un lugar destacado, entre los 10 países punteros en el mundo. Y cómo la botadura del buque de investigación oceanográfica Hespérides, y sus campañas antárticas, hizo abrigar en los años 90 mucho optimismo sobre cómo estaba cogiendo vuelo y cuerpo la investigación científica en España, al abrigo de instancias publicas. Recordaron a pioneros como Juan María Cisneros, Javier Cacho, Jerónimo López y Eduardo Martínez de Pisón. Y si en los años 90 el grueso de las investigaciones giraba en torno al agujero en la capa de ozono, que precisamente hizo saltar la alarma en las latitudes antárticas, ahora las investigaciones se centran en el enorme impacto del cambio climático en la catedral de hielo y en su conocimiento gracias a este enorme y espléndido laboratorio natural. Antonio Calvo explicó que la perforación en el hielo antártico permite extraer conocimiento sobre la composición de la atmósfera muchos años y siglos atrás.

Aquí puedes leer las cuatro anteriores entregas de ‘Lecturas Verdes’ de APIA:

Consejo número 1 de turismo rural: déjate guiar por gente local

Camino de Santiago, ¿peregrinos o turigrinos?

Guías de la naturaleza para cuidad la naturaleza

Los hombres que le hablan a las plantas 

  COMPROMETIDA CON EL MEDIO AMBIENTE, HACE SOSTENIBLE ‘EL ASOMBRARIO’.


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